lunes, 11 de diciembre de 2017

El maleficio


El maleficio
José Pedro Sergio Valdés Barón
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Había sido un domingo perfecto, y disfrutábamos el final sentados alrededor de unas mesas del restorán-cafetería El faisán en el parque Centenario de Coyoacán. Éramos cuatro parejas y dos solteros platicando sobre las incidencias que habíamos disfrutado con nuestras súper bikes, cuando volamos en la carretera libre a Cuernavaca por la mañana. Normalmente regresábamos al anochecer, pero en esa ocasión retornamos temprano y decidimos ir a Coyoacán a tomar un café antes de despedirnos. Acostumbrábamos salir los domingos a correr con nuestras motocicletas por las carreteras que llevaban a los lugares de esparcimiento cercanos a la cdmx, donde gozábamos los fines de semana y no siempre con nuestras parejas. Ninguno de nuestro grupo de riders era millonario; sin embargo, unos eran profesionistas, otros empresarios, negociantes o ejecutivos. A mis 32 años yo era group product manager de un importante laboratorio en la industria farmacéutica mexicana. Tenía un buen salario, ahorros en mi cuenta bancaria, vivía en mi propio departamento y era soltero sin compromiso por el momento, aunque había planes para casarme con mi novia Alejandra, quien era una hermosa joven a punto de recibirse como cirujana dental. Sin duda podía decirse que por lo general la vida me sonreía.
            En realidad no sé cómo sucedió, pero de pronto estaba frente a un joven con ojos claros, alto y delgado, quien sin la tupida barba y la melena sucia y enmarañada, vistiendo andrajos como indigente, podría creerse que era una persona de clase social acomodada. No entendí bien lo que me dijo, solo recuerdo que como regalo puso en mi mano una piedra rara de unos dos centímetros y forma irregular, la cual después pude comprobar era de algún material resinoso rojizo oscuro, pero a contra luz se podían distinguir burbujas de aire atrapadas en su interior.
            Sin satisfacer la curiosidad de todos, y una vez agotadas las burlas de mis amigos se olvidó el asunto; sin embargo, por alguna razón inexplicable conservé la piedra y la guardé en una bolsa interior de mi chamarra de piel negra, aunque no sé si hubiese cambiado algo el no hacerlo. Lo que sí sucedió pasados unos días, fue que la piedra rojiza la consideré mi amuleto de buena suerte y la traía todo el tiempo conmigo.
            Al principio mi vida continuó igual, pero paulatinamente las cosas fueron cambiando. Mi amigo y gerente general de los laboratorios farmacéuticos donde yo trabajaba fue despedido y no fui del agrado a su sustituto Víctor Manuel Dominguín, a diferencia de mi subalterno Víctor Arteaga, al que yo le había enseñado todo sobre el marketing de la industria farmacéutica en México, quien adulándolo descaradamente en poco tiempo se convirtió en el brazo derecho del nuevo gerente general de la empresa. Por supuesto y como era de esperarse, pasados unos meses fue el mismo Víctor Arteaga quien me comunicó mi despido de los laboratorios, eso sí con todas las de la ley, y además como una generosa compensación por mis seis años de servicio, me adjudicaron el automóvil de ejecutivo concedido como prestación, condonándome la deuda vigente que todavía faltaba por liquidar en libros acordado en el plan de automóviles de la empresa. Días más tarde me enteré, que el traidor Arteaga se había quedado con mi puesto.
            Con el buen dinero de mi liquidación laboral y mis ahorros no me sentí demasiado afectado, y aunque por un tiempo extrañé a mis amigos y compañeros pronto me recuperé. Aprovechando mis conocimientos y experiencia en el ramo, logré establecer mi propio negocio de publicidad especializada para la industria farmacéutica. Al inicio pareció marchar todo como navegando con el viento a favor, pero en poco más de tres año debí cerrar el negocio, los gastos consumieron mi capital y por ende me vi obligado a endrogarme con un banco. No quedándome otra opción, comencé a buscar empleo en la industria farmacéutica con los amigos y conocidos. ¡Oh sorpresa! Los amigos prometían ayudarme y luego me daban la espalda y se escondían, y los conocidos se comprometían en llamarme pero nunca lo hacían. Entonces no me quedó más remedio que vender mi hermosa motocicleta súper bike para sostenerme en tanto encontraba trabajo, ya no en la industria farmacéutica, donde mi di cuenta que por alguna razón desconocida no tenía cabida, sino en cualquier lugar donde me permitiera tener algún ingreso para mantenerme a flote por un lapso lo más largo posible, pero después de un tiempo me di cuenta que al parecer el único empleo al cual podía aspirar era como comisionista.  
            Logré ingresar a una agencia de automóviles como vendedor a comisión, pero después de seis meses no había vendido ni un auto, no pude con la competencia de marcas, ni con las imposiciones de acabados de fábrica, ni mucho menos con la pelea de perros por los clientes entre los mismos vendedores de la agencia. Más adelante probé suerte en el despacho de seguros de un amigo de la infancia donde también fracasé, en poco menos de un año solo tuve un ingreso con la comisión por la venta de una póliza de seguro empresarial contra incendios. Sin más remedio debí vender mi auto para poder sobrevivir. Trabajé como vendedor de bienes raíces, como ejecutivo comisionista vendiendo tiempo aire en una televisora, pero nada funcionó, todo me salía mal. Una noche, después de haber vendido mi televisor de 50” de la estancia y el de 40” de mi recamara y todos mis muebles excepto mi cama, me puse a meditar en lo que me estaba pasando. Por la mañana había ido a la Basílica de Guadalupe a pedirle ayuda a la Virgencita, mi madre espiritual, como lo hacemos los mexicanos cuando estamos en problemas. Al salir de la Basílica caminé hasta mi departamento y sin comer ni cenar me recosté mirando al techo. Entonces, y como respuesta de la Virgencita de Guadalupe, se me iluminó el cerebro y vino a mi mente atribulada el recuerdo del momento en el cual aquel mendigo me regaló una piedra. Ahora estaba seguro que no había tenido una racha de mala suerte, ni la piedra era un amuleto de buena suerte, sino en realidad era una maldición que el desgraciado hijo de perra me trasmitió por alguna razón desconocida.
            Sin pensarlo más busque la piedra, y abriendo la ventana de mi cuarto la lancé con todas mis fuerzas a la calle desde el quinto piso. Pasado un tiempo durante el cual continuó mi mala suerte, caí en cuenta que había cometido una estupidez al deshacerme de la piedra, ahora no tenía nada para pasar la maldición a otro fulano, aunque no supiera las palabras para hacerlo, pero eso era mucho mejor que nada. Para consolarme me convencí que la creencia en las maldiciones era pura mentira, solo una leyenda urbana, y ya me llegarían mejores tiempos, todo lo que debía hacer era continuar esforzándome, sin embargo no fue así. Finalmente me vi obligado a vender mi departamento, y con el dinero de la venta compré un taxi ecológico para trabajarlo durante el día y me mudé a una casa de huéspedes rentando un cuarto sin baño. Por un par de años la fui sobrepasando, pero no pude evitar que mi economía siguiera en picada. No obstante cuando pensaba que ya no era posible me fuera peor sucedió lo inevitable, mí adorada novia Alejandra terminó conmigo, siendo comprensible porque me había convertido en un perdedor.
             El gasto de gasolina y las constantes reparaciones del taxi apenas me dejaban para comer y pagar el cuarto de huéspedes, obligándome a trabajar hasta catorce o dieciséis horas al día, pero me consolaba yo mismo diciéndome que al fin y al cabo era mi propio patrón y ya nadie podría despedirme. Eso era cierto, pero nunca imaginé que me esperaban cosas peores. Como debí aumentar las horas de trabajo en mi intento por salir adelante, me vi en la necesidad de trabajar incluso durante la noche.
            Serían como las diez de la noche cuando una mujer joven y muy guapa me hizo la parada pidiendo llevarla a la zona rosa, al llegar a la esquina de las calles Londres y Génova me detuve en donde iba apearse la pasajera, en ese momento por la ventanilla del auto la mujer comenzó a gritar pidiendo auxilio. Sin saber qué demonios pasaba me quedé pasmado, hasta que, quien sabe de dónde, aparecieron dos policías como por arte de magia y sin miramientos me arrestaron, la mujer me acusaba de haber querido violarla. Siguiendo a la patrulla con la mujer y un policía, y yo en mi taxi con el otro nos dirigimos supuestamente a la delegación Cuauhtémoc. Por el camino nos detuvimos en una calle solitaria y golpeándome con sus macanas los policías me metieron a la patrulla, comprendiendo al fin de qué se trataba toda la farsa. Con la amenaza de encarcelarme por intento de violación me sacaron todo el dinero que traía, y como les pareció una miseria se encabronaron y completaron la golpiza hasta dejarme inconsciente. Al volver en mí, el auto estaba desvalijado y sin llantas. Como no tenía ni quinto para repararlo no me quedó más que vender mi coche como chatarra, y aceptar trabajar como ruletero para un dueño de taxis que se compadeció de mí. Ahora una vez más era empleado y, además de pagar la gasolina y las reparaciones del taxi, debía cubrir una cuota diaria para el propietario del vehículo.
            Con todo lo sucedido me doblaba pero no me quebraba, hasta que comenzaron aparecer pasajeros en el asiento posterior del taxi. Como yo era el nuevo en el grupo de ruleteros que trabajábamos para el dueño de los taxis, me asignaron suplir por las noches a quienes tenían permiso o les tocaba descanso. Una noche lluviosa recorría las calles de la ciudad en busca de pasajeros, cuando de pronto me di cuenta, por el espejo retrovisor, que había una persona sentada en el asiento posterior. Sentí que los cabellos de la nuca se me erizaron, y di un enfrenon que estuvo a punto de estampar el auto en un poste. Al voltear no había nadie ni nada en la parte trasera del taxi, me bajé del vehículo y con la mirada busqué en todas direcciones sin ver nada anormal. Con las piernas temblando del susto, me dije que solo había sido una alucinación provocada por el constante estrés al cual estaba sometido, así que olvidé el asunto.
            Por desgracia el asunto no se olvidó de mí, cuando menos lo esperaba sentía la presencia de alguien o algo en el asiento trasero del taxi, y al intentar ver lo que era, solo alcanzaba a distinguir una sombra desvaneciéndose de inmediato. Nadie me creyó, todos pensaban que era una invención mía para cambiarme al turno matutino, y aunque esa no era mi intención, sirvió para que el propietario del auto me asignara suplir a los compañeros que descansaban durante el día. No obstante mejorar mis condiciones en el trabajo y aumentar mis ingresos al tener más usuarios durante las horas con luz, las manifestaciones extrañas que me perseguían persistieron. Como ya no trabajaba por la noche ahora se manifestaban en cualquier parte y hora del día, en ocasiones al llegar a mi cuarto encontraba mi catre reburujado o con la silueta marcada como si se hubiera recostado ahí una persona, o en el espejo que yo había colocado detrás de la puerta aparecían unos dibujos con algún significado incomprensible para mí. Lo que me pareció más atemorizante fue cuando un día al estarme peinando para salir a trabajar, en la palma de mi mano izquierda aparecieron tres gotas en fila de un líquido parecido a lágrimas humanas, al limpiarlas volvían aparecer después de unos minutos repitiéndose el fenómeno tres veces consecutivas.
             Ya me había dado cuenta que la maldición o lo que fuera, durante años me estaba afectando en lo económico para llevarme a la ruina y convertirme en indigente, pero casi sin darme cuenta se había transformado en algo más aterrador, en extraños sucesos que estaban a punto de volverme loco. Por fin un día me pareció ver una luz al fondo de la negrura, y tal vez fue la respuesta a mis suplicas de la Virgencita de Guadalupe. Al dejar a unos clientes en el restorán La tablita de San Ángel, reconocí, a pesar de ir muy bien vestido sin la melena y con la barba recortada, al hijo de puta pordiosero que me entregó la piedra maldita, bajándose de un flamante bmw negro y abrazando a una hermosa mujer rubia. Mi primer impulso fue bajarme del taxi y matarlo con mis propias manos, pero me contuve pensando que con eso no rompería el maleficio, si en verdad existía. Así recobré la calma y esperé en el coche con la vista fija en la entrada al restorán. Mientras esperaba comencé a elucubrar lo que haría, y a pesar no tener todo definido, cuando salió el desgraciado con su acompañante me concreté a seguirlos de cerca. Al llegar a un edificio de lujosos departamentos en la colonia condesa, entró el bmw en el estacionamiento subterráneo. En ese instante supuse que ahí era donde vivía y me dije que ya tenía al maldito.
            Solicité permiso por unos días al dueño del taxi, y a un amigo le pedí prestado su destartalado vochito, así pude seguir al desgraciado de nombre Enrique Ortega e investigar quién era en realidad. Después de haberse declarado en bancarrota inexplicablemente,  desapareció unos años sin que nadie supiera nada de él, hasta que volvió a operar como corredor bursátil con mucho éxito. Ahora era nuevamente un soltero adinerado y mujeriego, a quien las jóvenes del Jet Set mexicano andaban detrás de él. Sin tener ninguna duda de su identidad y teniendo definido un plan, en un tianguis compré una pistola escuadra de plástico que parecía de verdad y estuve listo para enfrentarlo.
            Anochecía cuando un auto entró al garaje del lujoso edificio y, antes de cerrarse las puertas automáticas, me deslice al interior del estacionamiento sin que nadie me viera. Escondido en el cuarto de la bomba del agua y la cisterna esperé a mi odiado enemigo. Sin otra cosa por hacer, intenté comprender lo sucedido. La respuesta más lógica me pareció que, cualquiera haya sido el motivo, el tal Enrique también había sido víctima del mismo hechizo que me atormentaba, pero él había sido mucho más inteligente que el imbécil de mí, y conservó la piedra para trasmitir la maldición por ser el reservorio que algún brujo o hechicero utilizó para su conjuro. A pesar que posiblemente él también era una víctima, el desgraciado me escogió a mí quien no tenía ninguna vela en el entierro y esa era la razón por la cual debía explicarme el porqué, pagarme por todo lo que yo había perdido y sufrido durante tanto tiempo, e indicarme cómo nulificar la maldición que ahora pesaba sobre mí, y sin tener posesión de la piedra.
            Serían alrededor de las tres de la madrugada, en el momento que oí abrirse y cerrarse las puertas automáticas del estacionamiento, e identifiqué el bmw negro del infeliz Enrique acompañado de otra bella joven. Antes de cerrarse las puertas del elevador, me introduje sorprendiéndolos al amagarlos con la pistola de plástico, y previendo que gritara la mujer la encañoné, mientras le advertía que si lo hacía le dispararía en la cabeza sin ninguna contemplación. En seguida le ordené al maldito Enrique llevarnos en silencio y sin engaños hasta su penhause. Intrigado y tal vez pensando que se trataba de un asalto obedeció sin reconocerme, en tanto la mujer aterrada apenas podía contener el temblor en todo su cuerpo. Al entrar al penhause, golpeé con fuerza la nuca de Enrique con la pistola, que a pesar ser de plástico estaba bastante dura, cayendo al piso inconsciente. En seguida conduje a la joven a la recamara, y tomando algunas corbatas del closet le amarré las manos y pies, poniéndole un pañuelo en la boca. Con toda la calma del mundo hice lo mismo con el desgraciado sin taparle la boca, y vaciándole un jarrón con agua fría en la cabeza esperé a que volviera en sí. Al terminar de enfocar su mirada, le di un puñetazo en el rostro dejándolo aturdido, y comencé a interrogarlo mientras sangraba por la boca. Cuando tenía la cara molida a golpes pareció reconocerme y se quebró, comenzando a responder todas mis preguntas. Así supe la historia en la cual, sin tener yo nada que ver, terminó conmigo.
            Todo se inició con una mujer, joven, bella, exitosa, de la alta sociedad quien se enamoró de Enrique obligándola a terminar con el prometido, quien estaba profundamente enamorado y era un hombre de armas tomar. Al ser rechazado por su prometida por culpa de Enrique, quiso creer que la causa había sido el dinero ostentado por éste y su consecuente popularidad en la alta sociedad de la capital mexicana. Así que para recuperar a la bella joven, decidió vengarse eliminando la riqueza de su rival regalándole la piedra del maleficio obtenida quién sabe dónde. Para su mala fortuna no resultó su intento para recuperar a la joven y fue rechazado, entonces al borde de la locura por los celos y la frustración le quitó la vida con un puñal y a continuación se degolló con la misma arma.
            Enrique perdió todo lo que tenía y terminó como indigente; sin embargo, al igual que yo, se dio cuenta del hechizo implantado sobre él, y lo único en ocurrírsele fue acudir con un brujo que conoció siendo limosnero, quien le aclaró que la maldición a través del amuleto no se podía deshacer, no obstante sí se podía trasmitir a otro sujeto obsequiándole la piedra y mencionando las palabras: Ueliti mictlan telchiua. Una vez que me dijo el nombre del hechicero y en dónde podría encontrarlo, le hice la pregunta que más me intrigaba: — ¿Por qué me escogiste a mí para pasarme la maldición? A pesar de su maltrecha cara pudo esbozar una sonrisa al responderme: — ¡Porque me pareciste el más feliz! Sintiendo hervirme la sangre lo seguí golpeando hasta que se volvió a desvanecer. Sin más me lavé las manos ensangrentadas, y salí como si nada del lujoso edificio bajo la mirada del sorprendido conserje.
             No fue fácil dar con el hechicero, pero el consultarlo resultó decepcionante para mí y por primera vez en mi vida pensé en el suicidio, el chamán solo confirmó lo que ya sabía. La maldición fue un conjuro de un brujo supremo y no podía deshacerse, y mucho menos sin el amuleto trasmisor para poderlo traspasar a otro individuo. La única esperanza que tal vez funcionaría, aunque el hechicero nunca había escuchado que se lograra, era conseguir una piedra semejante y con toda la fe del mundo pedir a una santidad que la bendijera para contrarrestar con buena suerte el maleficio.
            Por días anduve en caminos de terracería, en pedregales y lotes baldíos, hasta que por fin encontré una roca metamórfica muy parecida en tamaño, color y forma a lo que recordaba de la piedra maléfica. A continuación fui a la Basílica de Guadalupe y subí hasta el templo del cerro del Tepeyac, donde se supone que la Virgen Morena se la apareció a Juan Diego, y después de suplicarle con fervor bendecir mi piedra, la escondí al pie de la imagen Guadalupana durante tres días.
            El tiempo transcurre inexorable, y solo me resta esperar a que la buena suerte venza al mal, o aceptar morir en la calle como pordiosero.
Fin

lunes, 13 de noviembre de 2017

Nina


Nina

José Pedro Sergio Valdés Barón
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La vi por primera vez cuando tenía escasos tres meses de nacida, era una cosita con la cara abotagada de tanto dormir. El conocer a mi nieto Hansie de unos dos años de edad, a mi nueva nuera, dar la bienvenida a mi hijo y acomodar el equipaje en la camioneta me distrajo, y solo hasta que llegamos a la casa pudimos relajarnos y mi esposa tomar en brazos a la pequeña Nina, mientras yo intentaba inútilmente de congraciarme con Hansie.
            El tiempo voló poniéndonos al día y comentando las razones que obligaron a mi hijo George a mudarse con su familia, y los planes que tenían para encontrar trabajo radicando en Valle Agujerado, con nosotros por el momento. Ya tarde, un poco apretados nos acomodamos como trataríamos de vivir por algún tiempo, y antes de dejarlos descansar del viaje solo pude vislumbrar los ojos de la bebé por breves instantes, en tanto la amamantaba mi nuera Johana, sin poder comprobar si eran azules como los míos, lo cual aseguraban mí esposa, mi nuera y mi hijo. En verdad al principio temí que yo fuera daltónico porque a mí me parecían oscuros, aunque días después me fui dando cuenta que en realidad era de un color verde aceituna que se aclaraba cuando le daba la luz de frente. No sé con seguridad si al no poder congeniar con Hansie porque se la pasaba llorando en brazos de su padre, sin duda debido a que al niño le fue más difícil soportar el viaje y adaptarse a los cambios, me resultó más fácil identificarme con la bebita.
            Por fortuna, primero Johana no tardó en encontrar trabajo, y un poco más tarde George. Circunstancia que nos permitió a mi esposa y a mi quedarnos solos más tiempo al cuidado de los niños y que nuestro cariño por ellos creciera rápidamente. Hansie se identificó más con su abuela y Nina se tuvo que conformar conmigo, lo cual me permitía trabajar mientras mi esposa le daba su mamila a la niña, la bañaba y la dormía la mayor parte del día, hasta que regresaba su madre y la compensaba gratamente con la chiche. El tiempo transcurrió inexorable mientras la bebita comenzó a tomar forma, y casi sin darnos cuenta nació una comunicación espiritual entre ella y yo. Le hablaba y ella parecía ponerme atención, me buscaba con sus hermosos ojos verde aceituna y reía con mis gracias, solo se acordaba de su abuela cuando tenía hambre o sueño, y al llegar su madre casi también se olvidaba de mí, al menos en tanto se colgaba del pecho de Johana. Hansie fue otra cosa, estando solo con nosotros era otro niño, dejaba de ser llorón, obedecía e ingería algo de comida en lugar de la teta con la que lo alimentaban sus padres durante el resto del día y por la noche. Días después llegó Jayme, una niña de ocho años hija de Johana de un matrimonio anterior, alegrando a mi nuera sin importar que nos apretara un poco más y alterara un tanto la rutina que habíamos adoptado al tener que llevarla a la escuela primaria, pero por fin ya estaba completa la familia. Simultáneamente, mi amor por la niña crecía compensándome por la falta de mi adorada nieta Ferchi, que al divorciarse sus padres se fue a vivir con su madre partiéndome el corazón. Nina crecía cada vez más hermosa, al igual que se incrementaba la fusión de nuestras almas; toda la familia aseguraba que se parecía a mí físicamente, pero yo sabía que en realidad eran nuestros espíritus los semejantes. Cuando me sumergía en sus ojos me iluminaban el alma y cuando ella lo hacía en los míos era evidente que se alegraba, así todo el tiempo la buscaba y ella me extrañaba cuando no estaba conmigo, confirmando la creencia de que existe una comunión entre los ancianos y niños, al cerrarse el círculo de la vida en el punto donde unos la inician y otros se acercan al final. Los ratos que ayudaba a mi esposa entreteniendo a la bebé se fueron convirtiendo en una razón más de mi vida, recostado la sentaba sobre mi pecho recargada en mis piernas encogidas y ella me alegraba con su sonrisa cuando le hablaba o con sus carcajadas cuando le hacía cosquillas o payasadas. A veces estoy seguro que me escuchaba y entendía, y como angelito en algunas ocasiones parecía hablar con el cristo fijado en el muro sobre la cabecera de la cama. No sé por qué conmigo no se podía dormir y solo lo hacía en los brazos de su abuela o en los de Johana cuando regresaba del trabajo, y así los días se sucedían en medio de una precaria felicidad, que oscilaba entre momentos de alegría o de tensión. 
            Ahora comprendía la importancia que le daba la NASA al confinamiento de las tripulaciones en las estaciones espaciales, vivir en un espacio reducido por un largo periodo es casi imposible que no surjan fricciones, y fue inevitable que se presentaran en nuestro hogar. Las ideas y costumbres de la pareja joven no eran las mismas a la de los abuelos viejitos, y nosotros cometimos el error de querer enseñarles cómo educar a sus hijos, basados en como lo hicimos en su momento con los nuestros, en lugar de solo darles consejos con razonamientos para que ellos decidieran aceptarlos o no de acuerdo a su criterio.
            En ese punto volví hacer consciente que a la mayoría de los jóvenes no les interesa escuchar lo que tienen que decir los viejos, especialmente si son familia, piensan que sus ideas son anticuadas y obsoletas. Con frecuencia los jóvenes adoptan actitudes narcisistas que rayan en lo patológico y creen que lo saben todo y nadie les puede enseñar nada, y como se sienten demasiado inteligentes cierran sus mentes y no aceptan consejos ni nuevas ideas, particularmente de los ancianos, sin importarles que puedan ser correctas, o al menos desecharlas cuando después de considerarlas parezcan equivocadas. A veces me pregunto si los cavernícolas que inventaron el fuego o la rueda no hubieran influido en quienes les dieron un uso visionario ¿seguiríamos viviendo en la edad de piedra? o si los genios como Nikola Tesla o Albert Einstein, o los filósofos como Sócrates y Aristóteles, Buda y Confucio no hubiesen sido escuchados ¿Dónde estaría la humanidad? ¿Estaríamos mirando hacia las estrellas? ¡Seguro que no! Las vivencias, experiencias y conocimientos de nuestros antecesores deben ser invaluables y debemos tomarlas en cuenta para crear nuestra propia filosofía de la vida y nuestras propias creencias, y así evolucionar como seres humanos.
            En ese entorno Nina se convirtió en un remanso en mi existencia, hasta que un triste día el mundo se me vino encima. Johana y George, con mis tesoros Hansie y Nina, retomaron su camino para continuar sus propios caminos. Es extraño, pero en mi vida lo mismo se ha repetido una y otra vez, en algún momento se rompen los lazos que me unen a mi descendencia debido a las distancias y el tiempo. Además de Ferchi sucedió con mi adorada hija Julieth cuando creció y se alejó siguiendo su destino, se repitió con mi hija Mariana cuando se llevó a mis nietos Aliena y Ponchis lejos de la capital, y más tarde Dahana y Diegis se quedaron a vivir en la CDMX cuando nosotros decidimos huir de allí; de alguna manera pasó lo mismo con Danis que creció en otro entorno muy diferente, donde nosotros éramos ajenos a él, y el colmo aconteció con chequito, David y Jesús que ni siquiera sabíamos dónde estaban.
            Para mi buena suerte Johana y George no se fueron muy lejos y unos días después volví a ver a mi princesa y a Hansie. Para todo el mundo fue evidente su alegría al verme y tambaleándose corría hacia mí extendiendo sus bracitos. Ahora no podía estar con mi nieta todos los días, pero dos o tres veces a la semana me trasladaba a su nuevo hogar para disfrutar de su compañía hasta el anochecer. Solo observarla me alegraba la vida, así la vi comenzando a gatear, a los nueve meses dar sus primeros pasos, y para el colmo se soltó bailando Despacito la tonada de moda, se colgaba del mueble donde estaba el televisor trasmitiendo el video musical y movía con ritmo su piernita, moviendo a veces sus hombros haciéndonos morir de risa. Nina era una bebita excepcional, a cada momento me asombraba con su inteligencia y como esponja absorbía todo lo que le enseñaba, así aprendió a manipularme para complacerla en todo lo que me pedía, le enseñé a bajarse de los sillones y a subir escaleras, lo que provocó un suceso increíble: Nina, a los diez meses de edad, escapó de su casa.
            Johana escuchó ruido en la puerta del departamento, pero fue el silencio el que la hizo salir de la recamara para ver qué estaban haciendo los niños. Al ver la puerta del departamento entreabierta se alarmó, y al salir se topó con Hansie que jugaba en el pasillo que iba a la alberca y a los otros edificios del conjunto residencial. Corrió hacia la alberca donde afortunadamente la bebé no estaba ahí, y en seguida se dirigió a las oficinas en las que trabajaba mi hijo y al parecer Hansie le había señalado que allí estaba la escuintla. Tampoco encontró a Nina con su padre y entonces cundió el pánico como reguero de pólvora. Se llamó a la policía y varios vecinos se unieron a la búsqueda de la pequeña. Casi veinte minutos después, Johana, a punto del colapso, y una vecina escucharon el llanto de la niña. La madre corrió al edificio de enfrente y la vecina se dirigió a los pisos superiores del departamento de la pequeña extraviada. Al regresar sobre sus pasos, Johana se topó con la vecina que bajaba con Nina en sus brazos. No puedo ni imaginarme la alegría de mi nuera al abrazar a su hija y la relajación que desahogó su alma al recuperar a la pequeña traviesa, pero estoy seguro que nunca olvidará el feliz momento. La escuintla vio la puerta que alguien dejó abierta y se le hizo fácil salir a explorar el mundo exterior, por fortuna decidió subir las escaleras hasta el departamento del tercer piso, en lugar de agarrar camino hacia la alberca donde pudo pasar una desgracia. Nina se convirtió en la bebé más popular del conjunto residencial y nadie salía del asombro por lo que había hecho a los diez meses de edad.
            El observar a mi tesoro me hizo recapacitar, que así como me había alegrado presenciar su bautismo, me pregunté si me alcanzaría la vida para verla asistir a su primer día de escuela, celebrar su primera comunión, festejar sus quince años, graduarse con honores, convertirse en una hermosa mujer y casarse con un buen hombre. Sin embargo, al contemplar sus hermosos ojos verde aceituna, su enorme sonrisa y escuchar sus carcajadas, o cuando me hacía sus caras y veía sus travesuras me di por satisfecho, y mientras tanto me conformé con imaginarme el resto de su feliz vida, lo que al menos endulzaría mi mente antes de abandonar este mundo.  

Fin

  

lunes, 19 de diciembre de 2016

Amigas


AMIGAS
José Pedro Sergio Valdés Barón
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Era buena hora, se había levantado un poco más temprano para recoger a ¿Miranda? Bueno, casi estaba segura que ese era su nombre; pero no importaba, pronto la conocería. Ayudar a las personas le hacía sentirse bien. Desde pequeña Andrea había sido una niña hermosa por fuera y por dentro; era buena hija, y aunque a veces su fuerte carácter le hacía rebelarse, siempre terminaba por obedecer a sus padres. En la escuela destacó como buena estudiante, estimada por amigas y amigos a quienes lideraba para organizar fiestas, reuniones, paseos o días de campo. Además, también se desvivía por ayudar a los animales heridos, perdidos o sin dueño, y si por ella hubiera sido a todos habría adoptado, pero sus padres se negaban a convertir su hogar en un asilo de mascotas. No obstante, al final, sucumbieron ante la insistencia de su hija y debieron aceptar un perrito medio ciego y un gato sin cola. Al perrito lo llamaron nube por la mancha blanca que le cubría parte de un ojo, y al gato sinco con “S” para abreviar sin cola.
            Andrea creció siendo independiente y emprendedora, con frecuencia andaba vendiendo alguna cosa para ahorrar y poderse comprar lo que deseara o necesitara sin afligir a sus padres, o cuando mucho les pedía completaran lo que le faltaba; lo cual aprovechaban sus progenitores para imponerle retos si deseaba su ayuda, y casi siempre los lograba haciéndolos sentirse orgullosos de su hija y ella quedara satisfecha consigo misma. Al entrar a la universidad era una joven muy ocupada, además de sus estudios de veterinaria, aprendía inglés, hacía deporte en el gym y jugaba en un equipo de tochito mixto. Aunque tenía muchas amigas y amigos, no tenía novio porque pensaba que era pérdida de tiempo valioso, ya tendría espacio para el romance cuando alcanzara sus principales metas en la vida.
            Para nadie fue sorpresa cuando un día leyendo la pizarra de anuncios en la facultad, repentinamente le llamara la atención a Andrea una solicitud de ayuda. Se trataba de una joven estudiante en la facultad de medicina, quien requería la transportaran de su casa a la facultad y si era posible regresarla a su casa. Como al parecer le quedaba por el camino a Andrea, no tuvo inconveniente en contactar a la solicitante y ponerse de acuerdo para pasar por ella al día siguiente. Sus padres sólo movieron la cabeza cuando Andrea les informó del compromiso que se había echado a cuestas, pero sabiendo que así era su hija y no la harían cambiar de opinión aceptaron su decisión.
            Al fin dio con el domicilio, y estacionando su carrito caminó hasta la puerta de una casa de clase media y tocó el timbre. El rostro bondadoso de una mujer mayor apareció al abrirse la puerta, y sonrió al preguntar si era la persona que llevaría a su hija a la universidad. Al responder afirmativamente, Andrea fue invitada a pasar al interior de la casa que se apreciaba acogedora y, al entrar a la sala, se llevó una mayúscula sorpresa al ver una joven con cara angelical desplazándose con la ayuda de una andadera ortopédica. Nadie le había aclarado que se trataba de una persona discapacitada y a ella no se le ocurrió preguntar. Por un momento dudó y por su mente cruzó la idea de disculparse por no poder cumplir el compromiso, pero ya era demasiado tarde y no le pareció correcto; así que disimulando su confusión mostró su mejor sonrisa. Una vez que se presentaron las jóvenes, Andrea ayudó a Miranda a llegar hasta su coche, asegurándole a la madre que haría lo posible para sincronizar sus horarios y regresarla a casa. Por el camino Miranda le explicó que su novio era quien la llevaba y traía en su auto, pero había terminado con él y por eso solicitó ayuda, la cual le agradecía. Andrea quiso saber por qué había terminado con el novio, explicándole la joven haber descubierto que la engañaba con una compañera. Aún sin mostrar Miranda alguna señal de amargura, Andrea decidió no profundizar más en el tema, mientras recapacitaba que ahora parecía adquirir mayor importancia ayudar a la joven discapacitada.  
            Durante el trayecto a la universidad ambas congeniaron de inmediato, una admiraba la valentía de la otra, y ésta estaba sorprendida que una mujer tan joven no sólo pensara en ella misma, en hombres y diversión, sino que se interesara en ayudar a los demás. Cuando llegaron a la facultad de medicina, no muy alejada a la de veterinaria, ya habían coordinado sus horarios, y exceptuando los martes, jueves y sábados que Andrea iba a clases de inglés y no podría regresarla a casa, el resto de los días ella la llevaría y traería sin ningún problema. Miranda le aseguró que los días en los cuales no pudiera Andrea, ella encontraría algún compañero que la llevara, y si nadie podía tomaría un taxi para regresar a su hogar.
            Con el paso de los días su amistad creció; además de bellas e inteligentes, las dos tenían muchas cosas en común, les encantaba la misma música, se peleaban por los galanes de moda, eran fanáticas de la poesía, se reían de sus locuras y tenían metas similares. Por desgracia con frecuencia la salud de Miranda se debilitaba y debía permanecer en casa; eso no impidió que Andrea la visitara siempre que podía, y una de esas veces Miranda le explicó, que hacía varios años había sufrido un accidente cerebrovascular dejándola parapléjica, y desde entonces sólo podía caminar con la ayuda de la andadera. Sin embargo, el mayor problema era la diabetes que padecía y las complicaciones por su condición, como hipertensión, estreñimiento y la pérdida de masa muscular en sus piernas que le dificultaba cada vez más caminar. No obstante le daba gracias a Dios por cada minuto que le regalaba de vida. Andrea la admiraba más cada día que convivía con ella y llegó el momento en el cual la consideró su mejor amiga.
            Una lluviosa tarde sonó el celular de Andrea, era Miranda quien le preguntaba si podría pasar por ella, porque nadie pudo llevarla a su casa y no encontraba ningún taxi. Preocupada porque siendo tan tarde Miranda siguiera en la calle y probablemente sin comer, Andrea se salió de la clase de inglés y se apresuró para ir por su amiga. La encontró en la caseta de vigilancia en la entrada a la facultad, toda empapada por buscar un taxi bajo la lluvia, y cuando el guardia logró persuadirla para cobijarse en el interior de la caseta ya no había remedio, escurría agua hasta por la andadera. Desde ese día, Andrea decidió abandonar las clases de inglés para llevar a Miranda a la facultad y regresarla a su casa  todos los días, el inglés podría esperar o ya encontraría otra manera de aprenderlo.
            Así transcurrieron las semanas y los meses, hasta que llegaron las fiestas finales del año. Los padres de Andrea acostumbraban festejar la Navidad en casa de los abuelos que radicaban en una ciudad cercana, donde se juntaba tradicionalmente toda la familia y ése año no sería la excepción. Resignadas, Miranda y Andrea se despidieron con la promesa de hablarse la noche del veinticuatro para desearse una feliz Navidad, y el dos de enero que regresaría Andrea, juntas festejarían el año nuevo.     
            Antes de la cena de Nochebuena, Andrea se comunicó con Miranda y por teléfono se desearon una feliz Navidad y un maravilloso año nuevo, prometiendo volverse a comunicar la noche de fin del año. Durante toda la semana Andrea disfrutó a sus abuelos y a toda la familia, pero algo le inquietaba en su pecho, lo cual se explicó diciéndose que se debía por extrañar a su amiga. Emocionada, Andrea esperó hasta cerca de la media noche del último día del año para hablarle a Miranda, pero se le estrujó el corazón, cuando la madre de su amiga le informó que Miranda había fallecido la mañana del veinticinco de diciembre; su salud se había deteriorado muy rápido y su corazón simplemente se detuvo. Sin poder contener el llanto Andrea soltó el teléfono y corrió al cuarto donde dormía en casa de sus abuelos.
            La mañana del día primero, Andrea viajaba en el auto familiar con sus padres, quienes habían consentido regresar a su casa cuanto antes. Mientras miraba por la ventanilla el paisaje semidesértico, con las montañas lejanas deslizándose hacia atrás, Andrea meditaba sobre la vida truncada de su amiga Miranda. Sin duda, y a pesar de su drama, había sido feliz; su alma fue tan grande que compensó por mucho la fragilidad de su cuerpo, permitiendo que su mente soñara, tuviera ilusiones y disfrutara cada instante de su vida sin que lo impidieran sus limitaciones. Andrea se consolaba pensando que su querida amiga por fin había descansado y encontrado la paz. Fue entonces cuando Andrea se propuso cumplir con la principal meta de Miranda, y decidió cambiar de carrera para convertirse en neurocirujana y ayudar a las personas que sufrían paraplejía, honrando así a su inolvidable amiga cumpliendo su sueño.
            Abrazadas, Andrea y la madre de Miranda lloraron hasta que se secaron sus ojos, y entonces tomando un sobre del pequeño árbol de Navidad, la madre se lo entregó a Andrea explicándole que era el regalo dejado por su hija para ella. Con las manos temblorosas, Andrea sacó una tarjeta navideña del sobre y con la mirada borrosa por las lágrimas la leyó:
Andrea
Feliz Navidad y próspero año nuevo

Gracias por tu amistad

sábado, 3 de diciembre de 2016

Hormigas 2


HORMIGAS 2
(El regreso)
Si no has leído Hormigas 1 hazlo primero, está aquí mismo abajo de Hormigas 2

José Pedro Sergio Valdés Barón

Por fin ya estaba cerca la terminal de autobuses, se dio cuenta al reconocer las poblaciones que cruzaba la carretera y era cuestión de minutos para que estuviera en su casa. Había estado fuera por casi dos meses y esperaba que todo estuviera bien, aunque sabía que iba a encontrar polvo hasta dentro del refrigerador, su marido no era devoto del trabajo en el hogar y estaba acostumbrado a que toda la limpieza ella la hiciera.
La primera sorpresa fue que su esposo no la esperara para llevarla a su hogar como siempre lo hacía. Después de un rato se cansó de aguardarlo y tomó un taxi, pero al llegar a su hogar fue sorprendida una vez más, la camioneta estaba sucia con una llanta desinflada y la cochera llena de tierra como si en semanas no se hubiera barrido. Al entrar a la casa se topó con su marido, quien la recibió fríamente disculpándose por no haber ido por ella debido a la llanta ponchada del vehículo. Iba preparada para encontrar la casa un tanto sucia, pero nunca imaginó que su esposo pareciera no haberse bañado desde que ella se fue. Espantada le preguntó: « ¿Qué te pasó, qué tienes?» Él le explicó que había estado enfermo y no se sentía bien. En seguida ella quiso saber si había ido al médico, a lo cual él respondió que no. Mientras deshacía maletas trató convencerlo para ir con el doctor, pero él se negó rotundamente asegurándole que estaría bien, sólo era cuestión de descansar y comer bien, lo cual haría ahora que ella ya estaba en casa.
Por alguna razón las cosas no se normalizaron, aunque ella pareció no darse cuenta, concentrándose en el mucho quehacer para recuperar el aspecto que la casa tenía antes de su viaje. Sin embargo, le molestó bastante que su esposo decidiera dormir en el sofá cama de la habitación que utilizaba como oficina, con el pretexto de no querer incomodarla con los ruidos y olores producidos por su enfermedad. Esto motivó una fuerte discusión que duró varios días, ella insistía que acudiera al médico y él se opuso hasta llegar a los gritos con furia deprimida. Ella nunca lo había visto ponerse tan enojado, así que dejó de insistir y guardó silencio. No transcurrió mucho tiempo para que ella se alarmara, al darse cuenta que los ojos de él no tenían brillo, parecían estar muertos, y cuando trataba de verlos él rehuía la mirada, para después evadir el contacto personal encerrándose en la habitación donde dormía. Sólo aparecía para devorar toda la comida que ella le preparaba y de manera inexplicable no parecía engordarlo.
Llegó el momento en el cual ella ya no pudo ignorar que algo muy malo estaba pasando, y un día durante la comida se atrevió preguntarle qué estaba sucediendo, él no parecía ser el mismo de antes. Dejando la comida que ahora acostumbraba llevársela a la boca con las manos, lanzó por los aires todo lo que había en la mesa y estuvo a punto de golpear a su esposa, sólo una chispa de cordura lo disuadió.
Con su hija habló varias veces por teléfono, pero no le dijo nada para no preocuparla durante sus vacaciones que estaba disfrutando fuera del país. En su lugar habló con algunas amigas de su grupo de manualidades, a quienes les confesó la angustia que vivía en su casa con su marido. Después de discutirlo por un largo tiempo, llegaron a la conclusión que lo más probable era que él tuviera un romance, y estaba enojado con ella porque con su regreso se vio obligado a terminarlo o al menos reprimirlo. Al final todas concordaron que lo más sensato era guardar la calma y esperar a ver qué sucedía. Mientras tanto debía tener paciencia y continuar su vida como siempre lo hacía, dándole su espació al marido al menos hasta que se descubriera la verdad.
Por desgracia las cosas empeoraron y se hicieron cada vez más extrañas e inquietantes. Prácticamente él no le dirigía la palabra más que para pedirle comida constantemente, y el resto del tiempo permanecía encerrado en su cuarto, Ella comenzó a sentir miedo, cuando un día se dio cuenta que la puerta de la habitación donde dormía el marido estaba entreabierta y por curiosidad se atrevió asomarse. De pronto se quedó pasmada al contemplar el cuarto infestado con millones de hormigas, moviéndose como una oleada negra viviente que cubría muros y muebles, y bullendo sobre el cuerpo inerte de quien supuso era su marido. Ahogó el grito de terror que quiso salir de su garganta, y lo único que se le ocurrió fue salir corriendo fuera de la casa. Sin saber qué hacer, se dirigió al templo cercano, y por horas permaneció sentada frente al altar en un intento por explicarse lo que parecía no tener explicación. « ¿Qué demonios hacían tantas hormigas en el cuarto?» Se preguntó, y lo más importante: « ¿Se estaban comiendo a su marido?». No lo sabía, ella había huido como cobarde sin intentar prestarle ayuda « ¡Dios mío! —Se dijo—, ¿Qué está pasando?».
Al salir del templo se encaminó a la casa de su mejor amiga, y cuando ésta abrió la puerta la abrazó y se soltó llorando en su hombro. Una vez desahogada le platicó lo sucedido, aunque ella misma dudaba fuera cierto. Ante el alboroto, el esposo de la amiga trató de calmar a las dos mujeres, y al hacerlo les propuso acompañarlas hasta la mentada casa, donde podría estar muerto el marido, según la mujer, y lo increíble devorado por hormigas.
Todo parecía normal, excepto por la camioneta sucia y ahora con dos llantas ponchadas. Con cautela el hombre entró a la sala, sólo para ser sorprendido por una sombra en la oscuridad que le peguntó: « ¿Quién demonios eres?». « ¡Calma! Sólo somos unos vecinos que acompañamos a su esposa, porque pensó que usted había sufrido un accidente ¿Está bien?». En ese momento ella encendió la luz, y sólo vio a su esposo un poco demacrado, pero sin duda en buenas condiciones. « ¡Gracias, Dios mío, que estas bien! Creí te estaban comiendo las hormigas ¿Dónde están todos esos bichos?». « ¿De qué hablas mujer, cuáles bichos?» Respondió su esposo, y mirando a los vecinos les aclaró: « Regresó de su viaje un poco alterada por el estrés y cansancio, no se preocupen pronto estará bien, y gracias por acompañarla hasta aquí». Sin mucha cortesía los encaminó a la puerta, y dándoles las gracias una vez más, despidió a los vecinos.
De camino a su casa la mujer le comentó al marido: « ¡Algo malo está pasando ahí! Se me enchinó la piel de miedo; olía raro el lugar y ¿Viste cómo caminaba el hombre? parecía robot moviéndose muy lento». Con una mirada burlona le repuso a su esposa: « ¡No inventes vieja! ¿ya vas a comenzar con tus chismes? Callaron el resto del camino, pero cada quién se sumergió en turbadores pensamientos.
Al quedarse solos, ella buscó en todas las habitaciones sin encontrar una sola hormiga. Desconcertada y alarmada, preguntó una vez más al marido: « ¿Qué está pasando aquí?». Él la miró con sus ojos sin vida, y con una hueca voz le respondió amenazante: « ¡No debiste meterte donde no debías! ¡Ahora lárgate de mi cuarto!». Envuelta en llanto salió corriendo a su recamara y se encerró poniendo el seguro de la puerta, e inconscientemente encendió el televisor para tratar de calmarse y pensar con claridad, pero en su mente sólo había confusión, terror, y la duda que crecía de haber perdido la cordura dándole vueltas en la cabeza, hasta que poco a poco la fue venciendo un sueño intranquilo y se quedó dormida.
El fuerte zumbido la despertó, y un olor nauseabundo le inundó la nariz; no sabía qué hora era, pero a juzgar por el ruido de le tele y la imagen de puntos blancos y negros en la pantalla era bastante tarde. En seguida se le erizaron los pelos de la nuca al escuchar que algo grande se arrastraba acercándose con lentitud a la recamara, y de su garganta salió un grito aterrador cuando un fuerte golpe casi derribó la puerta. Desesperada volteó a todos lados en busca de cualquier cosa con la que pudiera defenderse, pero no había nada. La puerta comenzó a resquebrajarse con los golpes cada vez más intensos, y por entre las rajaduras comenzaron a fluir amenazadoras hormigas negras azabache. En ese momento los  ojos de ella se posaron en el closet, y en la semioscuridad distinguió una botella de alcohol y unos cerillos que utilizaba para prender las veladoras de la Virgen. Simultáneamente ella se lanzó hacia el closet y la puerta voló en pedazos. Con la botella de alcohol y los cerillos en las manos ella volteó y se quedó petrificada, en el marco de la puerta destrozada estaba una hormiga gigantesca, sus antenas se movían hacia ella y sus enormes quijadas producían crujidos espeluznantes al abrirse y cerrarse. La monstruosa hormiga con lentitud se fue acercando, y entonces ella reconoció los ojos de quien fue su marido, lo cual la sacó de su marasmo y permitió que sacara fuerzas de la flaqueza. Destapando la botella de alcohol la vació sobre la enorme hormiga, que comenzó a chirriar el espantoso zumbido, mientras intentaba agarrar con sus quijadas el cuerpo de ella para partirla a la mitad. Dos o tres veces logró esquivar las tenazas, y al fin pudo encender un cerillo que le lanzo al ente salido del infierno. Las flamas se esparcieron por el cuerpo de la aberración como si fueran impulsadas por un dios, y ante la mirada impávida de ella se fue consumiendo en medio de dolorosas contorciones y el zumbido agonizante que fue disminuyendo, hasta que finalmente quedó en silencio.
La luz del sol del nuevo día la sorprendió sentada en la cama, permitiéndole contemplar un gran montón de hormigas calcinadas, que con la leve brisa entrando por la ventana se disipó como humo negro que se perdió en la nada.     

Fin

lunes, 21 de noviembre de 2016

HORMIGAS


HORMIGAS
José Pedro Sergio Valdés Barón

Creo que todo comenzó cuando mi esposa viajó a Ciudad Juárez para ayudar a nuestra nuera con mi nieto de dos años, durante los días que estuviera convaleciente después de dar a luz una nueva nieta. Antes de irse se quejó varias veces conmigo, que la casa estaba invadida de hormigas por todas partes, pero nunca lo hice consciente por estar ocupado en mis quehaceres cotidianos y no le puse atención.
Al principio fue sólo una molestia, si dejaba restos de comida en la barra de la cocina o en los botes de basura y trastes sucios en el fregadero en un instante se llenaban de hormigas. Quién sabe de dónde salían, pero no tardaban en formar largas filas por las cuales iban y venían por el alimento, especialmente si eran deshechos azucarados o grasos. Recordé que mi esposa había insistido en tirar los desperdicios de comida en una bolsa de plástico, afuera en el patío. Eso hice, además de lavar los trastes y limpiar la cocina matando al mismo tiempo muchas hormigas, pero nunca imaginé que mi acción fuera el verdadero comienzo de mi pesadilla…Y algo más.
No pasó mucho tiempo para que al abrir la alacena la encontrara invadida de insectos, las envolturas de panes, pastas y dulces de manera increíble las habían violado y sólo las latas permanecían intactas. Enojado tiré todo al basurero y me fui a comprar el insecticida más potente que encontré, y al regresar rocié toda la cocina y las plantas del patio trasero de la casa. Era tanta la peste que me vi obligado a salirme a la calle e ir a comer a la cenaduría Coyoacán, para después meterme en un cine esperando pasara el tiempo suficiente para que se disipara el olor a pesticida y cuando regresara a mi casa el aire fuera respirable. Al abrir la puerta de mi hogar el olor se podía soportar, por lo cual decidí abrir ventanas y puertas, encendiendo todos los ventiladores para que se oreara y poder pasar la noche en mi cama. En la cocina no había ninguna señal de hormigas, y erróneamente creí que me había deshecho de ellas. Nunca pensé que muy pronto me arrepentiría de haberles declarado la guerra.
En los siguientes días no apareció ninguna hormiga y creí que todo había vuelto a la normalidad, pero luego comenzaron a salir algunas hormigas solitarias a las que identifique como exploradoras, las cuales mataba con mis manos; sin embargo si olvidaba lavar los trastes o dejaba algún alimento en algún lado de inmediato se acumulaban los insectos, lo único que al parecer rehuían era al frio del refrigerador. Entonces comencé a notar algo increíble, cuando me veían u olían trataban huir antes que comenzara aplastarlas con mis manos y las exploradoras zigzagueaban rapidísimo para esconderse. Mientras las aniquilaba sentía que de alguna manera unas cuantas se subían a mi cuerpo y me mordían, produciéndome el dolor agudo como de un pequeño piquete. Lo siguiente en pasar, sin en realidad comprenderlo, fue que no habiendo hormigas a la vista las sentía corriendo por mis brazos y piernas; primero pensé que eran únicamente mis nervios, pero comprobé lo cierto cuando logré atrapar algunas.
En una ocasión se lo comenté a mi hija, pero ella sólo me contestó que en su casa también tenía una plaga aconsejándome mantener limpia la cocina, y al platicarlo con mi esposa por teléfono se soltaba riendo y me tildó de loco. Siguiendo el consejo de mi hija me mantenía limpiando, no sólo la cocina sino toda la casa. Cuando comenzaron aparecer las hormigas en mi recamara, oficina y el baño decidí que era hora de tomar una medida drástica y pedí auxilio a una empresa exterminadora de plagas. Al llegar a la casa para fumigar me preguntaron cuál era el problema, y después de explicarles lo sucedido me aseguraron que dejara de preocuparme, ellos se encargarían de aniquilar la plaga de insectos; aunque al decir esto disimularon una sonrisa burlona, como diciendo «A este tipo le falla el coco».
Efectivamente la fumigación funcionó, pero sólo por casi un mes. Las hormigas regresaron más agresivas que nunca, no había lugar en la casa donde no estuvieran, y comenzaron aparecer grandes grupos de hormigas alrededor de cadáveres de otros insectos, como cucarachas, grillos y hasta arañas, haciendo inútil toda limpieza. Harto me clavé en la computadora buscando una solución, y descubrí que mis enemigas eran monomorium mínimum originarias de Estados Unidos, principalmente del estado de California y los estados del Este. Al parecer nadie les había informado a los insectos que estaban muchos kilómetros al sur de su hábitat y no debían estar en mi casa. Conociendo más a las invasoras, probé toda clase de remedios caseros que encontré en Internet contra las plagas de hormigas caseras, pero tampoco funcionaron, con algunos disminuía la cantidad de insectos por unos días, pero regresaban cada vez más amenazantes. Comencé a encontrar lagartijas, aves y ratones cubiertos de los diminutos monstruos devorándolos; lo inverosímil fue cuando apareció el cuerpo de un pequeño perro comido a medias por las hormigas. No sé cómo lograron matarlo y arrastrarlo hasta dentro de la cochera de la casa, pero el hecho debió alertarme para huir de mi hogar, en lugar de hacerme el valiente y creer que podría contra ellas.
Al mismo tiempo comenzaron a suceder cosas extrañas. A pesar de ser invierno y por la noche enfriaba bastante el exterior, dentro de la casa hacía un calor infernal, subiendo el termómetro digital interior hasta 45º centígrados, obligándome a encender los aires acondicionados de todas las habitaciones en un intento para poder dormir. Al enfriarse la casa la invadía un olor penetrante, y se comenzaba a escuchar una especie de zumbido que oscilaba su intensidad sin poder precisar de dónde provenía, parecía venir de todas partes desde el interior de los muros.
Ese día transcurrió muy tranquilo, las hormigas no aparecieron por ningún lado dándome falsas esperanzas, pero por la tarde cuando me encontraba lavando los trastes, al prender la luz porque anochecía muy temprano, me quedé congelado al ver que todo parecía estar infestado de hormigas negras azabache, que como un manto viviente se movía en oleadas hacia mí. Ahora no había las que exploraban, en su lugar iban al frente las guerreras un poco más grandes que las obreras, pero con una enorme cabeza con aterradoras mandíbulas. La verdad no supe qué hacer, hasta cuando comenzaron a subirse por mis piernas expuestas por los shorts, y empecé a sentir las dolorosas mordidas que al contacto segregaban ácido fórmico. Como pude corrí hacia el baño y me metí bajo la regadera abriendo la llave del agua que salió bastante fresca, mientras al mismo tiempo mataba con mis manos todas las hormigas que podía. Después de un rato y al no sentirlas recorriendo mi cuerpo me atreví a prender la luz del baño. Aliviado no vi ninguna, ni siquiera los cuerpos de las que había matado, al parecer el agua las arrastró por la coladera, y sólo quedaba como prueba de su presencia las muchas ronchas ardiendo en mi anatomía. Con cautela abrí la puerta del baño, y al no ver nada peligroso constaté que las hormigas se habían esfumado como si nunca estuvieron ahí. Confieso que sentí miedo y me propuse abandonar mi hogar al día siguiente e irme a refugiar a la casa de mi hija. Supongo ese fue el peor error que pude cometer, porque debí irme de inmediato lejos de ahí, pero no lo hice por no parecer un cobarde, aunque esa misma noche sucedió lo inimaginable.
Encerrado en mi recamara mirando adormilado el televisor de improviso se fue la luz, aunque por la ventana vi que las luces en la casa de enfrente y del arbotante de la calle permanecían encendidas. Enseguida empecé a sentir que subía rápidamente la temperatura del cuarto y un aterrador zumbido aumentaba su intensidad; despierto por completo, de inmediato me levanté de la cama y agarrando ropa y toallas del closet tapé todas las rendijas de la puerta que pude, agazapándome sobre la cama con una revista enrollada como arma en la mano. En la oscuridad no podía distinguir a los insectos, pero sabía que habían entrado a la habitación y amenazantes se acercaban lentamente hacia mí. Traté de conservar la calma, pero el miedo se apoderó de mí impidiendo que pensara con claridad y emprendiera la huida, y cuando percibí que subían a la cama ya era muy tarde y no pasó mucho tiempo para que estuvieran sobre mí. Con furia tiré golpes contra ellas a diestra y siniestra, pero el dolor agudo de sus mordeduras era intenso y sentí que comenzaba a sangrar por las heridas, haciéndome soltar la revista y con las manos tratar de aplastarlas en mi cuerpo. Aterrorizado intenté salir corriendo de la casa, pero las piernas no me respondieron. El dolor, el cansancio y el terror nublaron mi mente y caí al piso, entonces con mis últimas fuerzas me arrastré hacia la sala en un desesperado intento por salir a la calle y mi salvación. Cerca a la puerta de la sala que da a la cochera no pude más y me rendí. En ese instante acepté que había sido vencido por unas diminutas hormigas.

Fin

lunes, 17 de octubre de 2016

Las sillas


Las sillas
José Pedro Sergio Valdés Barón
* *
No podía evitarlo, era extraño pero siempre que pasaba frente la casa de los viejitos con la mirada Samuel los buscaba, aun sabiendo que yendo a la escuela a esa hora de la mañana no estarían a la vista; aunque en algunas ocasiones, don Manuel regaba muy temprano el césped del jardín frontal de su casa cuando hacía mucho calor. Sin embargo la imagen de él y su esposa era imprescindible por las tardes, cuando sentados bajo la sombra de una frondosa lila platicaban con cuanto vecino se les acercara, o simplemente contemplaban a los niños jugar en el parque central del fraccionamiento privado.
            El matrimonio de doña Leticia y don Manuel Spirto era conocido y estimado por todos los habitantes del conjunto residencial, en especial por los niños que siempre recibían de ellos una sonrisa, un dulce o una galleta horneada por doña Lety, como la llamaban de cariño. La pareja de ancianos vivía en el fraccionamiento desde que comenzaron a vender las casas, y había ido y venido mucha gente durante todos esos años. Sin embargo, al parecer no tenían hijos y nadie podía decir que había visto algún familiar o amistad que los visitara, y además ellos eran muy retraídos respecto a su pasado, no obstante ser sociables y estar siempre presentes en los eventos comunitarios o en cualesquier reunión a la cual se les invitara. Para todos era un enigma cómo sobrevivían, don Manuel no tenía algún trabajo conocido, pero era evidente que el dinero no les faltaba y se especulaba que habían heredado una buena fortuna que guardaban en el banco, aunque a nadie le constatara.
            Samuel, o Samy como le llamaban, era un niño de unos diez años que de alguna manera se comportaba diferente, tal vez porque no conoció a ninguno de sus abuelos y la carencia de ese afecto lo compensaba con lo que sentía por los viejitos Spirto, y estos a su vez le correspondían con el mismo cariño. Doña Lety con frecuencia le regalaba algo especial al niño, y don Manuel platicaba mucho con él y le daba sabios consejos, haciendo patente que a Samy lo diferenciaban de los demás niños del complejo residencial. Para los padres de Samy y los residentes del fraccionamiento fue indudable la inusual conexión entre Samy y el matrimonio Spirto, la cual se intensificó a partir del día en que don Manuel le salvó la vida al niño. Ese día Samy andaba en bicicleta con otros niños por la calle alrededor del parque, cuando una vecina se distrajo por un momento conduciendo su camioneta, impactando a Samy lanzándolo varios metros adelante a pesar que el vehículo iba a baja velocidad. Por fortuna don Manuel caminaba por el parque cuando oyó el tremendo golpe, y reaccionando de inmediato corrió en auxilio del niño accidentado. Su sorpresa fue mayúscula al reconocer a Samy y constatar que no tenía respiración ni pulso, se había golpeado la cabeza en el pavimento y la vida se le escapaba. Sobreponiéndose a la tragedia, don Manuel recuperó la calma y procedió a aplicarle al niño el RCP ante los ojos atónitos de los niños que habían presenciado el accidente, y el llanto y gritos de las mujeres que se aproximaron temiendo por sus hijos, y no entendían bien lo que había sucedido comenzando a especular lo peor. Transcurridos dos o tres minutos de angustia Samy comenzó a respirar, y al abrir los ojos contempló por un largo momento el rostro de su salvador.
            Avisada por una vecina, la madre de Samy sintió que su corazón se detenía mientras corría al lugar donde se juntaba la gente, imaginando lo que no quería ni pensar. Al llegar y constatar que su hijo hablaba con don Manuel, su alma regresó a su cuerpo e hincándose abrazo al pequeño preguntándole cómo se sentía. Fue don Manuel quien le respondió que estaba bien, pero no debía moverse hasta que llegaran los paramédicos de la ambulancia que venía en camino.
            Samy había sufrido un severo trauma craneoencefálico que lo puso al borde de la muerte. Durante los primeros días en el hospital infantil, los médicos pusieron en coma inducido al niño, esperando que la inflamación cerebral disminuyera para poderle extraer un coagulo cerebral, pero en realidad no esperaban que se salvara. Sin embargo, unos días después, los médicos no se explicaban cómo había sobrevivido al golpe y su increíble recuperación en tan poco tiempo. Los padres de Samy nunca perdieron la fe, y ésta se fortalecía cada vez que se presentaba en el hospital el matrimonio Spirto, haciendo que bajo los párpados del pequeño sus ojos comenzaran a moverse y sus labios intentaran hablar. Al principio les pareció una coincidencia, pero la madre del niño no dejó de percibir que había algo más sin explicación. A los dieciocho días Samy regresó a su hogar completamente recuperado, sin embargo algo había cambiado y su madre parecía ser la única en darse cuenta.
            Todo pareció volver a la normalidad, aunque Samy pasaba más tiempo con los Spirto y su carácter maduró volviéndose muy responsable y centrado para su edad. En la escuela se convirtió en un estudiante brillante y popular, volviéndose el orgullo de sus padres. Así creció Samy rodeado de felicidad convirtiéndose en un joven carismático y fuerte, su madre terminó por adormecer el halo enigmático que rodeaba la relación de su hijo con la pareja de viejitos, y los Spirto continuaron alegrando al vecindario y sentándose en sus sillas contemplando por las tardes a los niños en el parque transformarse en hombres de bien.
            La vida tranquila del fraccionamiento residencial se vio interrumpida, la noche comunitaria en que festejaban la tercera posada de la temporada decembrina de ese año. Eran las diez de la noche, cuando unos niños comenzaron a gritar que un ladrón encapuchado acababa de salir de la casa de los Spirto con algo en las manos. La gente corrió a ver lo que había sucedido, en tanto el joven Samy sin pensarlo agarró una bicicleta y emprendió la persecución del ladrón. Al salir del fraccionamiento alcanzó a distinguir una sombra que doblaba la esquina de la calle e incrementó el pedaleo con la intención de alcanzarla, sin medir el peligro. El hombre, con una sudadera oscura y la capucha cubriéndole la cabeza, logró llegar a la entrada de la estación del metro antes que Samy le diera alcance. A pesar de la hora había mucha gente utilizando el sistema de transporte público, obligando a Samy abandonar la bicicleta para continuar persiguiendo al maleante entre la muchedumbre. Por momentos el fugitivo se le perdía a Samy, pero entonces se fijaba en el grupo de personas que parecían ser apartadas con violencia y hacia allí se dirigía haciendo lo mismo, ignorando los insultos que le gritaban las personas afectadas. Al llegar a los accesos del andén, Samy debió saltarlos por no tener boleto permitiéndole también acercarse al ratero, quien no tuvo más opción que correr hasta el final del andén de abordaje, quedando acorralado por el joven que lo perseguía. En ese instante coincidieron varios hechos determinantes; el metro se aproximaba a la estación a gran velocidad, el ladrón dudó por un momento saltar a las vías volteando hacia su perseguidor, Samy se detuvo a unos cuantos metros y en su mente quedó gravado para siempre lo que contempló casi al mismo tiempo: las manos del ladrón sujetando un libro, e impresa en la portada la imagen dorada del tercer ojo en la cúspide de una pirámide. Bajo la capucha el rostro resignado de un hombre de unos cincuenta años de edad, con la barba de candado y unos ojos tan negros que absorbían la luz, y finalmente, el salto del ladrón al encuentro del metro.
               El impacto fue brutal, el destrozado cuerpo del infeliz hombre voló más de treinta metros quedando irreconocible. Pasado el momento de caos, sin que nadie lo percibiera Samy recogió el libro que con el golpe fue lanzado hacía él, y sin mayor problema Samy se esfumó del lugar antes que hicieran su aparición las autoridades. Cuando regresó al fraccionamiento residencial se encontró con una mala noticia y los rostros consternados de los vecinos. Retirándose momentáneamente de la posada, doña Lety había regresado a su casa para recoger unas canastitas de dulces para los niños sorprendiendo al encapuchado robando sus pertenencias, quien después de golpearla con el puño huyó en seguida. Más tarde al volver la calma, Doña Lety se negó ir al hospital para ser atendida y sólo permitió que don Manuel le aplicara hielo en el mentón, donde había recibido el golpe. Al llegar la policía, y como los Spirto no quisieron levantar una denuncia, se concretó a asentar los hechos y no habiendo delito que perseguir se retiró del lugar. Cuando las amistades preguntaron a Samy qué había sucedido con el ladrón que persiguió, para no dar explicaciones les respondió que lo había perdido entre la oscuridad de las calles, y cuando alguien preguntaba por el objeto que el ratero llevaba en las manos al huir de la casa, don Manuel respondía que no había sido nada, sólo un mal entendido; pero sin notarlo las personas, las miradas de complicidad de Samy y don Manuel se cruzaban, ocultando la importancia del libro de las verdades del culto Iluminati, que había intentado robar un desertor.
            Hay cosas en la vida que no tienen remedio, y doña Lety se recuperó del golpe en la cara, pero, sin nada que lo explicara, del daño en su alma no pudo hacerlo, comenzando a marchitarse lentamente. Una tarde lluviosa doña Lety dijo adiós a este mundo, dejando a don Manuel sin su otra mitad. El tiempo prosiguió su camino y don Manuel pareció sobreponerse a su pérdida con el apoyo de Samy. Casi sin darse cuenta, los residentes del complejo residencial se fueron acostumbrando, a ver por las tardes al viejo sentado en una de las sillas contemplando a los niños jugar en el parque, y a veces sentado en la otra a Samy su discípulo y sucesor. Sin embargo, el semblante de don Manuel era diferente, sus ojos ya no expresaban la alegría de otros ayeres, y como fue de esperarse su vida languideció, hasta que un día decidió partir para reunirse con su amada.
            Por algún tiempo la casa de los Spirto se fue deteriorando, pero las sillas permanecían esperando a sus dueños soportando el sol, el viento, las lluvias y el frio sin sufrir daño y sin que nadie se atreviera a quitarlas, hasta que la casa fue embargada por el gobierno y subastada más tarde. Los nuevos dueños fueron quienes recogieron las sillas y las arrumbaron en la cochera, para continuar con la vida como si nada hubiese pasado, perdiéndose en la bruma del pasado el recuerdo de los viejitos Spirto.  
            Los años se fueron acumulando y Samy maduró hasta convertirse en un hombre ejemplar; encontró su pareja llamada Lucía, Lucy de cariño, quien era una excelente mujer, y cuando Samy sufrió la muerte de sus padres vendió la casa paterna y compró una nueva en un reciente condominio residencial. En ese lugar doña Lucy y don Samuel envejecieron transformándose en una pareja de ancianos bondadosos y alegres, quienes sentados en unas antiguas sillas por las tardes contemplaban a los niños jugar en el parque del condominio residencial.


FIN

martes, 13 de septiembre de 2016

Solsticio de invierno



Solsticio de invierno
. .
José Pedro Sergio Valdés Barón
Despertó con la piyama de franela empapada con sudor frio, aumentando su sensación de frialdad por la temperatura fresca de la habitación. La pesadilla había regresado, tan intensa que en su mente se confundía con la realidad. Se estremeció, no estaba seguro si por el frio o por miedo. Otra vez había visto el intimidante rostro de ella, cuando después de que lo golpeaba con la vara de fresno hasta sangrarlo, lo encerraba durante horas en la oscuridad del cuarto de tiliches, y cuando cansado de llorar y pedir perdón se hacía el silencio, entonces podía escuchar los rezos de ella del otro lado de la puerta. Todo volvía una vez más y se iba acomodando en su justo sitio dentro de su universo de terror.
       Después de ducharse, desayunar y ponerse su cachucha salió del pequeño departamento, no sin antes recorrerlo con la mirada. Todo estaba en perfecto orden, tal y como era su costumbre obsesiva. Caminando se dirigió hacia la estación del metro. Como cada año en esa fecha, no iría a su trabajo como embalsamador en la funeraria con el logo de un amanecer. Vagaría durante las horas pico por las estaciones más conflictivas del sistema colectivo de transporte, en su interminable búsqueda de la mujer.
       Durante los últimos días y conforme se acercaba el momento, su angustia había ido creciendo hasta sentir una opresión en su pecho que por momentos le parecía insoportable,  acrecentando un coraje incontrolable en su mente. Ese 23 de diciembre era el día en que la luz del sol sería la mínima del año, el momento se acercaba inminente. Mientras caminaba sentía ese cosquilleo estimulante en sus manos y piernas, la adrenalina fluyendo por sus arterias excitándolo y su mente alucinando el rostro de ella, sangre y muerte.
       En tanto admiraba los ornamentos navideños de la estación Pantitlán donde abordó el metro, con su mano acariciaba el acero del afilado bisturí retráctil que llevaba en la bolsa de su chaqueta. Al pasar frente a unos policías sonrió y pensó que eran unos imbéciles, durante años les había enviado a las autoridades advertencias y mensajes que, sin duda, se habían perdido en la maraña de la ineficiencia y burocracia; eso le hacía sentirse bien y aumentaba su autoestima, era demasiado inteligente para ellos. Se bajó en la estación Pino Suarez y transbordó a otra línea para apearse en la estación Zócalo; ése año deseaba hacerlo en el centro de la ciudad y ahí inició la búsqueda de ella. Sus ojos, como los de un halcón, se fijaban en cada mujer que se asemejara a la imagen de su madre, quien sería la elegida.
       Permaneció por algún tiempo en la entrada del metro; más tarde merodeó por sus intrincados y extensos pasillos, cuidándose siempre de las cámaras de vigilancia. Nada, no pudo reconocerla entre la multitud que en oleadas se movía en todas direcciones. Entonces decidió regresar a la estación Pino Suarez, pero tampoco tuvo suerte. Ya era tarde y tenía hambre, se comió una torta en un local de los que había en los pasillos del sistema, antes de la hora pico vespertina cuando cientos de personas salían de sus trabajos para transportarse en el metro. Conforme pasaba el tiempo se ponía más nervioso y su impaciencia le impulsó a probar suerte en la estación Chabacano. No habría otra oportunidad, ése era el día.
       La vio caminando rumbo a la línea 2 con dirección Taxqueña y desde ese momento la persiguió como un depredador sigue su presa. Lo que él veía en su mente era a su madre, una mujer bajita y delgada, entre cuarenta a cuarenta y cinco años, con semblante adusto y dominante. Comenzó a sentir que le hervía la sangre, y una furia inaudita se apoderó de sus entrañas como le sucedió cuando tenía dieciséis años, aunque ahora su actitud controlada era tan fría como el hielo.  
        Todo lo que se encontraba en la periferia de su visión se volvió borroso y se fue esfumando, sólo la figura de ella se mantenía nítida y aproximándose. De pronto las cosas comenzaron a sucederse. Por el túnel la luz del tren se acercaba a la estación, la gente se apretujaba para colocarse donde asumían quedaría una puerta de los vagones; él se situó por delante de la mujer y sentía en su espalda la presión de su cuerpo. Cuando se abrieron las puertas del metro las multitudes se enfrentaron, los que querían bajar empujaban a quienes deseaban  subir y éstos a su vez forcejeaban por entrar. En ese momento él se volteó con el escalpelo soldado a su mano, pero fue sorprendido al no ver el rostro de su madre, sino el de un hombre tan alto como él.
       Confundido se dejó arrastrar hacía dentro del vagón; al recuperarse, comenzó a buscar a la mujer con desesperación. Pronto logró localizarla al fondo del tren, ella había sido empujada por la gente hacía la siguiente puerta. Abriéndose paso entre los pasajeros se acercó hasta quedar frente a ella y esperó. En la siguiente estación, los usuarios que iban a bajar se amontonaron en las puertas de los carros, y en el preciso momento en que éstas se abrieron, mirando con odio inaudito el semblante de quien creía era su madre, con la precisión de un cirujano le hundió el bisturí, partiéndole el corazón a la pobre mujer que tuvo la desgracia de parecerse a la progenitora de su asesino.
       Sintió un placer indescriptible cuando penetró el bisturí en el pecho de ella, su trabajo como embalsamador le había capacitado para ser preciso y evitar el sangrado; sólo unas cuantas gotas escurrieron entre sus dedos de la mano, excitándolo al máximo con su calor y viscosidad. Lo sucedido después transcurrió en unos cuantos segundos, pero pareció que todo se movía en secuencia retardada. La mujer se desplomó muerta entre el vagón y el andén, unos hombres trataron de sostenerla, una mujer gritó, mientras la mayoría de los pasajeros eludían el cuerpo o lo brincaban por encima. Él se alejó con gran tranquilidad, ocultando su rostro a las cámaras de vigilancia con la visera de su cachucha.
       Saboreando el éxtasis de su venganza, como enajenado llegó a su departamento. Una vez dentro, como en un ritual abrió la puerta del cuarto que casi siempre mantenía cerrado. La excitación le había provocado una dura erección, que le obligó a masturbarse dos veces consecutivas frente a las fotografías y recortes de periódico pegadas en un muro, de las veintidós mujeres asesinadas por él. Las primeras fotografías eran de su madre, y en los recortes los encabezados de ése 23 de diciembre señalaban que una mujer había sido masacrada de veintitrés puñaladas infligidas por su propio hijo, quien era buscado por las autoridades sin éxito alguno. 
       Como siempre le pasaba después de unos cuantos días, cuando perdía interés la noticia empezó a sentir la necesidad del reconocimiento y la emoción de burlar a sus perseguidores. Desde un café-internet lejos de su departamento, decidió enviar un e-mail a la procuraduría general del Distrito Federal, retando a las autoridades para que lo encontraran, antes que volviera a sentir el incontrolable deseo de matar:  
                                           Cuando el día se hace más pequeño
el vengador anda en el nido de la serpiente
para liberar su odio contenido,
dejando de maquillar a la parca
en la casa del sol naciente; es ahí
donde espera que el justo lo encuentre
antes de otro 23 de diciembre.
Si lo descifras me tienes
                                  El asesino del metro.
Fin.