lunes, 1 de enero de 2018

Encuentro con el pasado

Encuentro con el pasado
José Pedro Sergio Valdés Barón
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A pesar de las incomodidades y el cansancio se sentía entusiasmado, viajaban desde hacía veinticuatro horas en un autobús del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah). Ir a la zona arqueológica de Kohunlich en Quintana Roo era la culminación de su tesis para recibirse como antropólogo, y además como un atractivo adicional los acompañaba la bella asistente del Dr. Federico Álvarez jefe de la expedición arqueológica del inah. El grupo lo completaban dos arqueólogos más y un experto en criptología maya. La cultura maya le fascinaba e iba con la ilusión de descubrir secretos ocultos cientos de años atrás, sin embargo nunca imaginó la espeluznante sorpresa que le esperaba en aquellas ruinas cubiertas por densa vegetación.
              Molidos por el viaje decidieron hacer una parada en la ciudad colonial de Villahermosa, Tabasco. Se hospedaron en el hotel Olmeca Plaza, y desde ahí turistearon un poco en el parque Tomás Garrido caminando por el malecón de la Laguna de las Ilusiones, visitaron la Catedral del señor de Tabasco y el Museo de Historia de Tabasco. Por la tarde, después de comer los deliciosos platillos autóctonos en el restorán Las Jícaras, se la pasaron descansando en el hotel. En la noche, Elizabeth, la bella asistente del Dr. Álvarez, y Samuel se sacudieron el cansancio y fueron a pasear por el parque Juárez disfrutando el espectáculo de la fuente cantarina. No tenían mucho tiempo de conocerse, lo hicieron apenas unas semanas antes de emprender el viaje a Quintana Roo, no obstante desde el principio se sintieron atraídos el uno al otro, y esa noche se tomaron de las manos, cruzándose tiernas miradas al despedirse en el lobby del hotel para dirigirse a sus respectivas habitaciones. Al día siguiente, muy temprano se desplazaban ya por la carretera Nº 186 y al llegar a la población de Escárcega se dirigieron hacia Chetumal capital del estado de Quintana Roo. Cincuenta y un kilómetros antes de Chetumal se desviaron por un maltrecho camino rumbo a la zona arqueológica de Kohunlich.
            La exuberante vegetación de pronto se interrumpió al llegar a un claro, mostrando de improviso increíbles estructuras de arquitectura maya como salidas de una bella estampa. Como el Dr. Álvarez había explorado las ruinas con anterioridad, dispuso el lugar, restringido al público, para levantar las cuatro tiendas de campaña donde dormirían durante el tiempo que permanecieran en el lugar, una sería para el Doctor, otra para su asistente y en las dos restantes se quedarían los arqueólogos Jaime Dorantes y Ben Tyler en una, y el criptólogo Benito Salmuera y Samuel Camal en la última; además debieron acondicionar dos carpas, una como sanitario y baño, y otra para el equipo y materiales de exploración y análisis. Bañados en sudor, oliendo a león y muertos de hambre finalmente cenaron su primer alimento en lata, antes de caer exhaustos en sus respectivos camastros para dormir como fardos de soldado.
            Ese primer día se levantaron tarde, y aunque todavía se sentía fresco el clima pronto el calor y la humedad serían sofocantes como sucedía en esa época del año. Casi sin darse cuenta se fueron adaptando a la rutina de trabajo diaria y las dos primeras semanas hicieron excavaciones cercanas al Templo de los Mascarones, donde encontraron no muy lejos un Mascaron apenas explorado cubierto por la selva semi tropical que llamó la atención del Dr. Álvarez, Tyler y Dorantes. De manera espontánea al mismo tiempo fue creciendo un romántico sentimiento entre Elizabeth y Samuel que, sin manifestarlo, todos los integrantes del equipo se dieron cuenta, y por ello nadie se sorprendía cuando por las noches, después de cenar alrededor de la fogata, la joven pareja permanecía ahí durante horas mirándose y platicando lo que harían al regresar a la civilización, o caminaban entre las ruinas haciéndolos sentir que el tiempo se fusionaba en un solo momento donde ellos eran el centro del universo. También a veces permanecían sentados en las escalinatas del Templo de los Mascarones disfrutando la espectacular danza de estrellas y nebulosas entre la negrura del firmamento; sin embargo, ninguno sospechaba el misterio escondido muy cerca de ellos.
            Unos días antes de dar por terminada la misión arqueológica que no había aportado nada relevante, a Elizabeth y Samuel se les ocurrió tomarse fotografías en el Mascaron junto al lugar de exploración. Cuando Samuel enfocaba a Elizabeth a un lado del Mascaron, con los últimos rayos del sol sumergiéndose por arriba de la exuberante selva, distinguió una sombra que le llamó la atención. Claramente tenía la forma de un diminuto hombre de pie señalando con la mano una protuberancia oculta en la piedra, la cual por extraña casualidad solo se podía apreciar en ese instante del día y época del año.
            Sin responderle a Elizabeth preguntando qué pasaba, intrigado Samuel se acercó a la protuberancia y la oprimió. Ambos se sorprendieron al ver al Mascaron abrirse unos centímetros, suficientes para permitir a un hombre introducirse a la oscuridad interior. Samuel no quiso importunar a las demás personas posiblemente dormidas, y en silencio tomó una lámpara para regresar con Elizabeth que esperaba ansiosa frente al Mascaron. Dentro era un pasillo estrecho taladrado en la roca caliza terminando en una puerta de piedra, y en los muros se apreciaban jeroglíficos y dibujos mayas de indescriptible belleza. Con gran esfuerzo los dos jóvenes lograron abrir el portal a una amplia cavidad sin ningún ornamento u objeto ceremonial. Solo se encontraba en el centro una especie de ataúd de piedra del tamaño para dar cabida a un hombre grande. Como pudieron deslizaron la pesada cubierta llena de tierra acumulada y curiosos lentamente alumbraron el interior, y no se frustraron, dentro estaba un cuerpo cubierto con una manta de henequén a punto de pulverizarse de vieja. Indecisos, al fin optaron por esperar hasta el amanecer a que sus colegas despertaran, para con su ayuda y el equipo necesario descubrieran con mucho cuidado al residente del Mascaron, al fin y al cabo no sucedería nada si aguardaban unas cuantas horas más, de las muchas que permaneció oculto el personaje dormido hacía una eternidad.
            Durante el desayuno, Elizabeth les comunicó su descubrimiento en el Mascaron 9B a todos los integrantes del equipo arqueológico, quienes incrédulos dejaron sus humeantes cafés y guiados por Samuel casi corrieron al mentado Mascaron. Eran poco antes de las once de la mañana cuando iniciaron, con mucho cuidado, el desprendimiento de la manta que cubría el cadáver, ayudándose con sofisticados elementos de vanguardia y con la guía del Dr. Álvarez. Al quedar descubierto el rostro del difunto momificado, conservado  asombrosamente y vestido a la usanza de los supremos sacerdotes mayas, sin excepción se quedaron pasmados por el parecido con Samuel; nadie puso en duda su similitud y mucho menos Samuel, a quien le pareció mirarse en un espejo bastante más viejo y por supuesto más arrugado. Transcurrido el asombro comenzaron las preguntas y elucubraron las respuestas, pero nadie quedó conforme y mucho menos Samuel, parecía un enigma imposible de aclarar. Al parecer era una inverosímil coincidencia que todos trataron de asimilar.
            Durante los siguientes días hicieron pruebas de carbono 14, las cuales resultaron con una antigüedad próxima a los ochocientos años, y enviaron a México material de adn para hacer una comparación genética con Samuel. Simultáneamente el experto criptógrafo Salmuera y Samuel intentaron descifrar los jeroglíficos y dibujos mayas plasmados en los muros de la cripta, y unos días después de intenso trabajo el resultado dejó a todo mundo aún más perplejos, la trascripción muy elaborada parecía describir un evento inexplicable:
En el sitio sagrado de los dioses, donde cada 100 años la puerta del cielo se abre en el momento en que el dios sol más grande la ilumina en el tercer plano del templo. Del portal de los dioses arribó Ka´ansah para enseñarnos con su sabiduría los secretos de la tierra y el cielo, hasta cuando su alma abandonó su cuerpo en nuestros brazos.
            Con algunas diferencias entre ellos la traducción les explicaba a todos que el difunto era una especie de dios, quien les enseño posiblemente agricultura y les explicó fenómenos naturales como la lluvia y los cambios climáticos hasta su muerte; sin embargo no les aclaraba en dónde estaba el sitio sagrado o la puerta que se abría cada cien años, ni cuál era el momento en que el dios sol la iluminaba, ni cuál era el tercer plano del templo. 
            Mientras los expertos trataban responder sus dudas, la relación de Elizabeth y Samuel creció hasta convertirse en un intenso amor que parecía unirlos para siempre, no obstante ella se dio cuenta que Samuel comenzó a obsesionarse con el misterio encerrado en la existencia de un sacerdote maya semejante a él, una incongruencia en la cual todos coincidieron porque no solo era perturbador el parecido con su compañero de equipo, sino además no se explicaban cómo las características anatómicas de una momia maya eran las de un hombre caucásico de estatura superior a la de los hombres de esa etnia y un poco menor a la de Samuel. Por desgracia el tiempo de la misión y las provisiones se habían agotado y todos debían regresar a la Ciudad de México. Con extremo cuidado acomodaron el cuerpo momificado en el féretro mandado hacer en el cercano poblado El Puentecito colocándolo en la parte que acondicionaron del autobús, y para terminar desde muy temprano levantaron el campamento excepto la tienda de campaña de Samuel, quien se negó rotundamente a marcharse del lugar pretextando que ahí estaba la solución del enigma que les intrigaba, y no se iría sin encontrar la verdad.
            Nunca lo habían hecho, pero durante la noche previa a la partida de ella, Elizabeth y Samuel se amaron con pasión, y recostados sobre una manta, mirándose a los ojos bajo el firmamento repleto de estrellas, ella puso en el cuello desnudo de él una medalla de oro grabada diciendo: el verdadero amor todo lo puede, y con un último beso se dijeron adiós. Ambos sabían que no se volverían a ver, pero sin decir nada aceptaron su destino que irremediablemente los separaba. Llegó la mañana tristemente nublada, y Elizabeth, comprendiendo la necesidad de él para quedarse, por una ventanilla del autobús con la mano le dijo adiós a su amado, quien erguido delante de las ruinas mayas pareció irse empequeñeciendo hasta que la selva lo ocultó. Entonces ella sintió que su corazón se partía en dos.
            Samuel estaba dispuesto a explorar cada centímetro de la zona arqueológica hasta encontrar la respuesta al enigma que lo atormentaba, aunque sin saber cómo, él estaba seguro que la solución se encontraba en el mismo Mascaron 9B. Después de escudriñar minuciosamente el sepulcro no encontró nada, entonces leyó y releyó mil veces la transcripción de los glifos pintados en las paredes del pasillo sin decirle nada. Una noche en la cual disfrutaba la frescura del ambiente sentado en las escalinatas de la Acrópolis, tal y como lo hacía con Elizabeth, meditaba la necesidad de buscar en otro sitio lo desconocido, pero con la seguridad de reconocerlo cuando lo viera. Sin proponérselo se le iluminó el cerebro repitiendo el texto de la traducción jeroglífica memorizada, y como en secuencia retardada descifró la pista que lo llevaría a resolver el misterio de su doble maya.
            Esperó dos largos días, y al amanecer del tercero se instaló bajo la cúpula central del Templo del Rey a esperar se iniciara el equinoccio de primavera a las doce horas con tres minutos. No tenía ninguna duda que algo pasaría y él estaba consciente en reconocerlo, apostaba su vida en ello. Los segundos, minutos y horas desfilaron lentamente por todos sus sentidos, y de pronto un hilo de luz solar apareció por un glifo del sol grabado en lo alto de la cúpula. Se desplazaba tan despacio siguiendo la curvatura del muro que parecía no moverse, no obstante al llegar a la tercera imagen representando al planeta tierra causó un destello de luz cegadora, convirtiendo la imagen en una superficie acuosa y circular de unos dos metros de diámetro. Samuel no lo pensó, y como si eso fuera lo esperado se lanzó a través del círculo que se cerró un segundo después.
            No lo podía creer, Elizabeth, pero las evidencias eran incuestionables. La tercera prueba de carbono 14 confirmaba que la momia tenía una antigüedad poco menos de ochocientos años y las pruebas de adn demostraron, sin lugar a dudas, que pertenecían a Samuel Camal. Ninguno de quienes se enteraron del inexplicable fenómeno pudo encontrar una respuesta plausible para aclararlo, y cada uno elaboraba extravagantes hipótesis sin satisfacer a nadie. Harta de tantas incoherencias y preocupada porque Samuel no daba señales de vida, sin pensarlo más tomó el primer vuelo con destino a Chetumal, Quintana Roo, y fue en busca de su amado.
            En las instalaciones de administración y vigilancia a la entrada del complejo arqueológico le informaron a Elizabeth no saber nada. Lo echaron de menos hacia solo unos días, y al no encontrar más que la tienda de campaña con todas sus pertenencias dentro las guardaron y llamaron a la policía federal, quienes iniciaron las respectivas investigaciones sin resultados a la fecha, y aunque sospechaban de un robo mal logrado los hechos no concordaban con las evidencias, simplemente el señor Camal se había esfumado de la faz de la tierra. Con lágrimas en sus bellos ojos, Elizabeth buscó en las pertenencias de Samuel cualquier indicio para aclarar lo sucedido, pero nada encontró. Desesperada quiso ver en persona el lugar que tantos bellos recuerdos le traía y recorrió palmo a palmo todas las ruinas mayas, pero al final debió desistir, no encontró ninguna señal del amor de su vida.
            Deprimida y con un misterio más sin respuesta regresó a la Ciudad de México. No quería saber nada de arqueología, así que después de meditarlo durante un buen tiempo, mientras superaba su pena, decidió estudiar Historia Precolombina. No volvió a saber nada de los integrantes de la expedición a la zona arqueológica de Kohunlich, incluyendo a su jefe el Dr. Álvarez, únicamente durante varios años se mantuvo en contacto con la policía federal esperando le informaran si encontraban cualquier cosa de su amado Samuel Camal.
            Un día Elizabeth asistió a una conferencia sobre la cultura maya en el Museo Nacional de Antropología e Historia, y al terminar la conferencia se le apeteció comer algo rápido en el restorán del museo. El lugar estaba lleno, pero un hombre apuesto le ofreció sentarse en una de las sillas de la mesa que ocupaba. No iba aceptarlo, pero al ver sus ojos sintió paralizarse su corazón sin ninguna explicación y le fue imposible negarse. Mientras comían iniciaron una plática sobre la conferencia a la cual ambos habían asistido, pero a pesar ser amena la charla ella sentía que su subconsciente deseaba decirle lo que su consciente no quería escuchar, sin embargo no pudo rechazar la invitación que le hizo el hombre llamado Samael Camal.
            Comenzaron a salir disfrutando de su mutua compañía, fueron a conciertos, visitaron las ruinas del templo mayor y la gran Tenochtitlan, y les encantaba ir al cine o a bailar. Pasados los días, Elizabeth comprendió que estaba enamorada de Samael desde mucho tiempo antes de conocerlo, el destino tenía muchos caminos y su amado Samuel encontró la manera de volver a ella a través de su descendiente Samael, quien era tres años menor que ella y había nacido en Chetumal, Quintana Roo, en el seno de una antigua familia con una historia ancestral perdida en la bruma del tiempo. Ahora, Elizabeth conocía la verdad a partir del momento en que vio los ojos de su amado en el rostro de Samael. De alguna manera Samuel pudo viajar en el tiempo por la puerta que se abría cada cien años y no vivió lo suficiente para regresar por la misma. Sin embargo debió tener relaciones con una mujer maya, y a través de su descendencia pudo lograrlo creando una paradoja temporal que lo devolvió a ella.
            La primera noche en su luna de miel con Samael, Elizabeth reconoció la medalla de oro colgada en el pecho desnudo de él con la inscripción que decía: el verdadero amor todo lo puede.


Fin

martes, 19 de diciembre de 2017

La bicicleta



La bicicleta
José Pedro Sergio Valdés Barón
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Los días se le hicieron eternos desde que su hermana María le reveló haber escuchado a sus padres decir lo que le regalarían esa Navidad. Su familia acostumbraba festejar el nacimiento del niño Jesús rezando frente a un hermoso pesebre, e intercambiaban regalos al terminar la cena Navideña. Sus papás no les inculcaron la fantasía anglosajona de la visita de Santa Claus trayéndoles presentes a los niños durante la Nochebuena, ni la de los Reyes Magos la noche del cinco de enero. Aunque Stefan tenía solo diez años, respetaba las tradiciones de Santa y los Reyes Magos creídas con ilusión por la mayoría de sus amiguitos de la escuela, y a diferencia de los niños que ya habían descubierto la verdad él no se burlaba de ellos, y si le preguntaban qué les había pedido, solo sonreía al responderles que él siempre esperaba una sorpresa. Y era cierto, sus papás nunca les anticipaban el obsequio que recibirían él y su hermana María, los cuales previamente eran colocados junto al pesebre y el árbol Navideño, así como ellos tampoco les decían a sus padres cuál sería su regalo en Nochebuena.
            Durante meses, por no decir años, Stefan estuvo insinuando su deseo de que le regalaran una bicicleta, pero como la situación económica familiar no era boyante, sus padres se hacían los disimulados. Así las cosas, a Stefan solo le quedaba envidiar a sus amigos cuando paseaban en sus bicis, o conformarse con ir parado en los diablitos de la bicicleta de su mejor amigo, mientras vagaban por las calles de la colonia con toda la palomilla. Ahora estaba impaciente porque los días faltantes para el veinticuatro de diciembre parecían no transcurrir, y su corazón palpitaba apresurado al pensar que, según lo dicho por su hermana, esa Navidad al fin le regalarían la tan ansiada bicicleta. A veces también le saltaban las dudas y temía que su hermana le hubiera jugado una broma pesada de las muchas que con frecuencia le hacía.
            Como esa Nochebuena la celebrarían en la casa del tío Ramón, comenzó a visitar más seguido a sus primos Pablo y Hugo, quienes eran un poco mayores, con la esperanza de descubrir si ahí habían escondido el tan esperado obsequio, pues en esa casa, por ser mucho más grande que la suya, podrían esconder la bici con mayor facilidad, pero las visitas se acumularon sin lograr descubrir nada. Solo le quedaba la poco confiable confidencia de María y se aferraba a ella esperando se convirtiera en realidad. María, compadeciendo a su hermano al verlo tan angustiado, le juraba y perjuraba que era verdad lo que escuchó decir a sus padres, y le aconsejaba tener paciencia porque ya estaba muy cerca la Nochebuena.   
            Ese día despertó más temprano que de costumbre, no podía evitar su nerviosismo. En el desayuno casi no comió nada, se mantuvo observando a sus progenitores en busca de una señal que les delatara en dónde escondían su regalo; pero nada, actuaban con la normalidad acostumbrada, si acaso de vez en cuando hacían alguna alusión a la fiesta de esa noche a celebrarse en casa del tío Ramón, y solo en una ocasión mencionaron la necesidad de llevar sus presentes en la camioneta. Esa pequeña pista le provocó un vuelco en su corazón, porque no podrían ocultar la bicicleta en la camioneta sin que él se diera cuenta, por lo tanto concluyó que lo más probable era que su obsequio navideño no sería el ansiado por él, lo cual confirmó la caja envuelta con un moño navideño aparecida junto al pesebre con su nombre escrito en una tarjeta. Desilusionado se subió a su cuarto a rumiar su pena, se consolaba pensando que si no era en esa fecha tal vez fuera posible se la regalaran en su cumpleaños no muy lejano.
            Estuvo a punto de llorar al mirar, por la ventana de su habitación, a sus amigos  dirigiéndose al parque cercano en sus bicis, y solo obedeció a su madre para bajar a comer, porque sin desearlo el hambre atormentaba su estómago; tenía veinticuatro horas casi sin probar alimento, apenas ingirió bocado durante la cena y muy poco desayunó por la mañana. Intentó imaginarse el contenido de la caja con su regalo, pero nada lo consolaba, cualquier cosa parecía insuficiente para compensar lo que ya temía no recibir. Así llegó la hora en subir los presentes a la camioneta y trasladarse a la casa del tío Ramón. Por el camino debió aparentar la alegría que no sentía mientras cantaba villancicos con su familia, y en el hogar del tío Ramón casi sin darse cuenta se fue integrando a la felicidad reinante entre familiares y amigos, quienes le hicieron olvidar por un momento su frustración. Por fin, al terminar una cena deliciosa y rezar frente al nacimiento, todo mundo se reunió alrededor del enorme árbol navideño luciendo esplendoroso con los adornos y lleno de regalos para todos los presentes. Su madre le entregó la caja con su obsequio abrazándolo y al mismo tiempo deseándole una feliz Navidad. Sin mucho entusiasmo, Stefan abrió el regalo sorprendiéndose al ver solo un sobre con su nombre, dentro del cual había una nota que al leerla despertó una sospecha y aceleró su respiración. Escrito a mano reconoció la letra de su madre que decía: En el porche te espera una sorpresa.
            Sin ocultar la emoción que le embargaba corrió hacía el porche en medio de las miradas y rostros sonrientes de la familia y amistades. No se desilusionó, recargada en la entrada al porche estaba la bicicleta roja más hermosa del mundo adornada con un moño blanco: una MTB LiderBike Sport con 18 velocidades y una parrilla trasera. Fue tal su felicidad que se soltó llorando de alegría, hasta cuando sus padres, hermana y su tío lograron calmarlo, después de prometerle retornar a su casa pedaleando su bici detrás de la camioneta con su familia.
            A partir de esa noche la LiderBike, a la cual nombró Sirin, se convirtió en parte de Stefan, solo se separaba de su bicicleta durante las clases en la escuela y en la misa dominical, aunque a la escuela se iba y regresaba en ella y a la iglesia seguía a su familia quienes viajaban en la camioneta. Por las tardes al terminar su tarea salía a disfrutar su bici acompañado de sus amigos, y en su casa la guardaba en su habitación durmiendo cerca de ella. Siete eran los integrantes de la palomilla que se juntaban con mayor frecuencia para vagar en sus bicis por su colonia y los alrededores; sin embargo, el lugar donde más les gustaba ir era a la pagoda china. No les quedaba muy cerca de sus casas, pero el parque con sinuosos caminos y estanques con puentes curvos alrededor de un edificio con cuatro pisos y arquitectura china era para ellos pura diversión. Ahí se podían pasar horas jugando al que hace la mano hace la atrás, compitiendo en carreras entre ellos o haciendo peligrosas piruetas con las bicis. La palomilla de Stefan, quienes se autonombraron los Halcones, no era la única en disfrutar la pagoda china, y sus principales oponentes eran los de la pandilla de los Rebeldes. Su líder a quien le decían el Piter, un niño unos dos años mayor que Stefan, era sin duda el más diestro con la bici de todos los niños y adolescentes que frecuentaban el parque de la pagoda china. Con su bicicleta negra Benotto XC-6000 era el más veloz, y sus acrobacias asombraban hasta los adultos haciéndose famosas entre los ciclistas de todas las edades. Por alguna razón desconocida, el Piter se sintió amenazado por Stefan y lo hizo objeto de su agresividad. Primero hubo enfrentamientos competitivos entre los Rebeldes y los Halcones, más tarde derivaron en pequeñas escaramuzas apenas controladas, y finalmente terminaron en una descarada agresión contra Stefan. Una tarde soleada, coincidieron a propósito los Rebeldes con los Halcones desplazándose a gran velocidad por los intricados caminos del parque. En determinado momento el Piter y Stefan quedaron emparejados al frente de las palomillas de ciclistas, y sin ceder ninguno de los dos volaron por los estrechos caminos de la pagoda china, hasta aparecer el puente dorado el más largo y angosto de todos. Sabiendo la dificultad que tendrían los dos riders gladiadores en cruzarlo a la velocidad que se desplazaban, mirándose de reojo ninguno se rindió y sin pestañear se abalanzaron sobre la entrada del paso. A escasos metros antes de llegar al puente, el Piter sorprendió a todos pateando la bici de Stefan, quien salió volando estrellándose estrepitosamente con un poste de la entrada al puente. Los riders que venían detrás apenas pudieron detenerse, aunque algunos no evitaron caerse y otros, de la pandilla de los Rebeldes, continuaron siguiendo a su líder perdiéndose entre las calles circunvecinas a la pagoda china.
            Alarmados los Halcones se acercaron a Stefan, quien sin moverse yacía inconsciente a un lado del estanque que cruzaba el puente dorado. Luis, el mejor amigo de Stefan, fue quien primero se acercó al rider caído; sin saber qué hacer, solo acertó contemplarlo hasta que su amigo abrió con lentitud los ojos con la mirada perdida. Sin duda se había golpeado la cabeza y era evidente una pierna fracturada; sin embargo, fuera de eso, la mejor señal que se encontraba bien fue al preguntar de inmediato por el estado de su bici Sirin. Ninguno de sus amigos se atrevió a informarle que tenía la llanta delantera destrozada y la tijera y manubrio doblados, únicamente lo tranquilizaron diciéndole que no estaba muy dañada.
            Su familia y amigos esperaban preocupados, en la sala de espera de la Cruz Roja, a que saliera algún médico a informarles sobre el estado de Stefan. Alguien llamó a la ambulancia que lo trasladó a emergencias del benemérito nosocomio. Todo mundo se tranquilizó al ver a un médico sonriendo dirigirse a ellos esperando impacientes. Sin dejar de sonreír, el galeno les informó que el accidentado estaba bien y no había nada porque preocuparse, posiblemente gracias al casco no se dañó la cabeza y la tomografía cerebral salió negativa, solo debieron enyesar la pierna fracturada que obligaría al lesionado a permanecer unos tres meses incapacitado.
            Durante casi todo el tiempo en el cual Stefan permaneció convaleciente, se dedicó a arreglar su adorada Sirin y al final se le ocurrió pintar su nombre a los lados del cuadro de la bici. El nombre Sirin lo leyó en alguna parte, y era el de un ser mitológico de las leyendas rusas con la cabeza de una mujer hermosa y el cuerpo de ave simbolizando la armonía del mundo, la felicidad y la valentía.
             A pesar que todos los padres les habían prohibido volver a la pagoda china, al sentirse Stefan listo los Halcones se atrevieron ir a escondidas. No supieron nada del Piter y los Rebeldes desde el día de la agresión, pero decidieron que ya era tiempo para enfrentarlos y cobrar la afrenta pendiente con ellos. Sin embargo, ese día no se encontraron con ninguno de la pandilla de los Rebeldes, fue hasta la tercera ocasión que los fueron a buscar cuando se toparon cara a cara. Al preguntar por el Piter, quien no se veía por ningún lado, se enteraron que el joven había sufrido un accidente dejándolo parapléjico. Al tercer día después del incidente con Stefan en el puente, Piter fue atropellado por un auto al transitar la pandilla velozmente por las calles de su colonia. La noticia paralizó a los Halcones, y fue Stefan quién preguntó primero cómo se encontraba. Todos se impresionaron al saber que aquel joven que hacía maravillas en su bicicleta, ahora permanecía confinado a una silla de ruedas por el resto de sus días. La tensión entre las dos palomillas se convirtió en un sentimiento empático que se difundió en todos los riders, y esa tarde juntos pedalearon sus bicis por toda la pagoda china.
            A ciencia cierta no sabían la razón, pero los Halcones, encabezados por Stefan, sintieron la necesidad de visitar a su enemigo en desgracia, pero con quien compartían la misma pasión, y una tarde guiados por los Rebeldes se presentaron en la casa del Piter. Stefan sintió que se le humedecieron los ojos al contemplar al joven, antes tan lleno de vida, entristecido ahora por la tragedia sentado en una silla de ruedas. Al principio, Piter creyó que los Halcones iban a burlarse, pero al ver la cara de Stefan supo que tendría un amigo, y es en esos momentos cuando se reconocen a los verdaderos.
            Con sus consejos, Piter le enseñó a Stefan todos los trucos de su repertorio de acrobacias en la bici, y el alumno no tardó mucho tiempo para convertirse en un experto, quien incluso muchos pensaban que superaba al maestro. Sintiéndose seguro de su capacidad en la bici y azuzado por su asesor Piter, Stefan comenzó a competir en carreras a campo traviesa. Más pronto de lo esperado el novato se dio a conocer y su primer triunfo en competición fue en la ruta de montaña en el cerro El Aserrín en el estado de Querétaro, y se consagró en el ciclismo acrobático en el Clandestino Internacional Jam III en la ciudad de Oaxaca.
            Ahora, Piter hizo consciente la razón por la cual agredió a su antiguo enemigo, temía que tal vez él era el único quien lo podría superar, algo que ya nunca comprobarían. Lo que si era real, era el sentirse orgulloso por los logros de su discípulo que le devolvieron el brillo a sus ojos; no obstante, su salud se deterioraba rápidamente y unos pocos meses después El Piter abandonó este mundo con una sonrisa, acompañado de todos los riders que compartieron su pasión ciclista.
            Para Stefan fue una gran pérdida, en ese momento creyó que nunca algo la superaría, sin embargo no pasó mucho tiempo en comprobar lo equivocado que estaba. Ese domingo aciago, Stefan fue a misa siguiendo a sus padres y hermana quienes viajaban en la camioneta, y como siempre lo hacía dejó su Sirin en el aparca bicis frente la iglesia. Al terminar la misa se despidió de su familia para ir al club de ciclismo acrobático, pero al llegar al aparca bicis no vio su bicicleta. No daba crédito a sus ojos y tardó un momento en entender que alguien se la había llevado. Sintiendo un vacío en su vientre comenzó a buscarla por los alrededores preguntando a todas las personas que se encontraba si la habían visto. En un principio se consolaba pensando que era una broma de algún conocido, pero conforme transcurría el tiempo debió aceptar la posibilidad que se la hubieran robado, después de todo la  MTB LiderBike Sport era muy llamativa y valiosa.
            Cuando anochecía llegó a su casa en una patrulla. La policía se compadeció del joven después de solicitar su ayuda para buscar su amada bici, y dos uniformados se ofrecieron llevarlo a casa, una vez que le prometieron hacer todo lo posible por encontrarla. Como Stefan tenía cierta fama en la localidad por sus éxitos en ciclismo, familiares, amigos y vecinos junto con autoridades removieron cielo y tierra en busca de Sirin. A pesar de ello todo fue inútil, pareció como si se hubiera esfumado de la faz del planeta. Después de unos días todo mundo se dio por vencido y dejaron de buscar la bicicleta, solo su hermana y su mejor amigo Luis le siguieron ayudando en lo que podían. Sus padres intentaron consolarlo prometiéndole comprarle otra bici, pero Stefan siguió deshecho buscando su Sirin durante meses. Por fin, un día despertó aceptando su desgracia, y dando vuelta a su vida comenzó a trabajar en el negocio del padre, quien se dedicaba a la remodelación de viviendas.
            El negocio familiar no era muy productivo, sin embargo con la ayuda de Stefan comenzó a crecer y con el paso de los años permitió a la economía familiar prosperar y a la familia vivir en muchas mejores condiciones. Stefan se casó con Isabela su novia de la primaria y tuvo con ella tres hijas y un varón llamado Mauricio, y aunque no estudió una carrera como lo hizo su hermana María, al morir su padre, quien no pudo soportar ni un año la muerte de su amada esposa y madre de sus hijos, Stefan se encargó del negocio y se convirtió en la cabeza de la familia Sacchini. Los años se fueron acumulando sin que Stefan olvidara su Sirin, y a pesar de sus esfuerzos para que su familia no se percatara que inconscientemente continuaba buscándola, todos se daban cuenta cuando la mirada de Stefan se perdía al ver una bici de montaña. Aunque a su hijo Mauricio y a sus hijas les regaló excelentes bicicletas y todos se sentían orgullosos de las hazañas de su padre, en ninguno creció la pasión por el ciclismo; las usaron y se divirtieron con ellas, pero pasado un tiempo las fueron abandonando en la cochera.  
            Es natural que la vida transcurra sin sentirlo, y a poco más de un mes antes de la Navidad previa al sesenta y cinco aniversario de Stefan, su hijo Mauricio llegó con una curiosa noticia: la hija de un antiguo vecino, quien vivió hasta su muerte en la casona frente a la casa anterior de la familia Sacchini, deseaba contratarlos para remodelarla. Stefan conoció bien al vecino de nombre Anastasio, con quien sin importar vivir uno frente al otro nunca congenió. A pesar ser de la misma edad, Anastasio era retraído y a Stefan le parecía que le era antipático y lo envidiaba sin saber con certeza el motivo. Es ineludible que la vida de muchas vueltas y hay veces son tan extrañas que nos dejan perplejos. Así sucedió en esa ocasión. Dos semanas antes de Navidad, Mauricio se presentó en la casona para hacer un presupuesto y dárselo a la hija del antiguo vecino Anastasio, ella deseaba remodelarla con la intención de venderla. La casa hacía tiempo la habían abandonado y solo quedaban los restos de algunos muebles, pero la cochera estaba repleta de tiliches inservibles la mayoría. Al quitar un asador y ver el estado del muro del fondo, Mauricio se quedó congelado. Nunca supo explicar cómo reconoció la MTB LiderBike Sport roja de su padre, pero al levantarla pudo corroborarlo al distinguir, aún con el polvo adherido, el nombre Sirin pintado a los lados del cuadro. Entonces cayó en cuenta de lo irónico que a veces es la vida, Sirin estuvo muchos años a unos cuantos pasos de su dueño.     
            Stefan iba sentado a un lado de su hijo Mauricio, se dirigían con toda la familia a la casa del Tío Ramón, la cual no obstante haber dejado este mundo su dueño todas las familias Sacchini radicadas en México la seguía llamando la casa del Tío Ramón. Los Sacchini acostumbraban turnar cada año el festejo Navideño y en esa ocasión le tocó a Pablo, quien al morir también su hermano Hugo se convirtió junto con su madre la Tía Lucina en el único heredero de la fortuna del Tío Ramón.  
            Siempre que veía la fachada de la residencia del Tío Ramón, Stefan sentía en la boca del estómago una sensación de amarga nostalgia, por lo cual no le agradaba ir a ese lugar. Además a su edad y con la artritis le costaba esfuerzo caminar aun ayudándose con un bastón, y no tardaba mucho para quedarse dormido en las reuniones familiares a las cuales se veía obligado acudir. Esa Nochebuena logró mantenerse despierto hasta la cena que estuvo excelente, aunque él solo probó algunos bocados, y no muy entusiasmado estuvo presente en la entrega de regalos junto al árbol Navideño. Su esposa Isabela, quien no obstante su edad se mantenía bella y llena de vida, le entregó su obsequio al mismo tiempo que le daba un beso deseándole feliz navidad.
            Sin dejar de sonreír Stefan abrió el regalo, y como sucedió hacía muchos años se volvió a sorprender al ver solo un sobre con su nombre, dentro del cual había una nota que al leerla se repitió la sospecha y volvió acelerar su respiración. Escrito a mano ahora reconoció la letra de su esposa que decía: En el porche te espera una sorpresa.
            Como pudo caminó acelerado arrastrando su bastón y apoyándose en su hijo Mauricio en medio de toda la familia Sacchini y amigos, quienes intentaban reprimir la emoción que les embargaba. En la entrada al porche estaba recargada una MTB LiderBike Sport con 18 velocidades y una parrilla trasera. De inmediato Stefan reconoció su adorada Sirin roja, y sin comprender lo sucedido las lágrimas volvieron a surcar por sus mejillas.

Fin


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lunes, 11 de diciembre de 2017

El maleficio


El maleficio
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Había sido un domingo perfecto, y disfrutábamos el final sentados alrededor de unas mesas del restorán-cafetería El faisán en el parque Centenario de Coyoacán. Éramos cuatro parejas y dos solteros platicando sobre las incidencias que habíamos disfrutado con nuestras súper bikes, cuando volamos en la carretera libre a Cuernavaca por la mañana. Normalmente regresábamos al anochecer, pero en esa ocasión retornamos temprano y decidimos ir a Coyoacán a tomar un café antes de despedirnos. Acostumbrábamos salir los domingos a correr con nuestras motocicletas por las carreteras que llevaban a los lugares de esparcimiento cercanos a la cdmx, donde gozábamos los fines de semana y no siempre con nuestras parejas. Ninguno de nuestro grupo de riders era millonario; sin embargo, unos eran profesionistas, otros empresarios, negociantes o ejecutivos. A mis 32 años yo era group product manager de un importante laboratorio en la industria farmacéutica mexicana. Tenía un buen salario, ahorros en mi cuenta bancaria, vivía en mi propio departamento y era soltero sin compromiso por el momento, aunque tenía planes para casarme con mi novia Alejandra, quien era una hermosa joven a punto de recibirse como cirujana dental. Sin duda podía decirse que por lo general la vida me sonreía.
            En realidad no sé cómo sucedió, pero de pronto estaba frente a un joven con ojos claros, alto y delgado, quien sin la tupida barba y la melena sucia y enmarañada, vistiendo andrajos como indigente, podría creerse que era una persona de clase social acomodada. No entendí bien lo que me dijo, solo recuerdo que como regalo puso en mi mano una piedra rara de unos dos centímetros y forma irregular, la cual después pude comprobar era de algún material resinoso rojizo oscuro, pero a contra luz se podían distinguir burbujas de aire atrapadas en su interior.
            Sin satisfacer la curiosidad de todos, y una vez agotadas las burlas de mis amigos se olvidó el asunto; sin embargo, por alguna razón inexplicable conservé la piedra y la guardé en una bolsa interior de mi chamarra de piel negra, aunque no sé si hubiese cambiado algo el no hacerlo. Lo que sí sucedió pasados unos días, fue que la piedra rojiza la consideré mi amuleto de buena suerte y la traía todo el tiempo conmigo.
            Al principio mi vida continuó igual, pero paulatinamente las cosas fueron cambiando. Mi amigo y gerente general de los laboratorios farmacéuticos donde yo trabajaba fue despedido y no fui del agrado a su sustituto Víctor Manuel Dominguín, a diferencia de mi subalterno Víctor Arteaga, al que yo le enseñé todo sobre el marketing de la industria farmacéutica en México, quien adulándolo descaradamente en poco tiempo se convirtió en el brazo derecho del nuevo gerente general de la empresa. Por supuesto y como era de esperarse, pasados unos meses fue el mismo Víctor Arteaga quien me comunicó mi despido de los laboratorios, eso sí con todas las de la ley, y además como una generosa compensación por mis seis años de servicio, me adjudicaron el automóvil de ejecutivo concedido como prestación, condonándome la deuda vigente que todavía faltaba por liquidar en libros acordado en el plan de automóviles de la empresa. Días más tarde me enteré, que el traidor Arteaga se había quedado con mi puesto.
            Con el buen dinero de mi liquidación laboral y mis ahorros no me sentí demasiado afectado, y aunque por un tiempo extrañé a mis amigos y compañeros pronto me recuperé. Aprovechando mis conocimientos y experiencia en el ramo, logré establecer mi propio negocio de publicidad especializada para la industria farmacéutica. Al inicio pareció marchar todo como navegando con el viento a favor, pero en poco más de tres año debí cerrar el negocio, los gastos consumieron mi capital y por ende me vi obligado a endrogarme con un banco. No quedándome otra opción, comencé a buscar empleo en la industria farmacéutica con los amigos y conocidos. ¡Oh sorpresa! Los amigos prometían ayudarme y luego me daban la espalda y se escondían, y los conocidos se comprometían en llamarme pero nunca lo hacían. Entonces no me quedó más remedio que vender mi hermosa motocicleta súper bike para sostenerme en tanto encontraba trabajo, ya no en la industria farmacéutica, donde mi di cuenta que por alguna razón desconocida no tenía cabida, sino en cualquier lugar donde me permitiera tener algún ingreso para mantenerme a flote por un lapso lo más largo posible, pero después de un tiempo me di cuenta que al parecer el único empleo al cual podía aspirar era como comisionista.  
            Logré ingresar a una agencia de automóviles como vendedor a comisión, pero después de seis meses no había vendido ni un auto, no pude con la competencia de marcas, ni con las imposiciones de acabados de fábrica, ni mucho menos con la pelea de perros por los clientes entre los mismos vendedores de la agencia. Más adelante probé suerte en el despacho de seguros de un amigo de la infancia donde también fracasé, en poco menos de un año solo tuve un ingreso con la comisión por la venta de una póliza de seguro empresarial contra incendios. Sin más remedio debí vender mi auto para poder sobrevivir. Trabajé como vendedor de bienes raíces, como ejecutivo comisionista vendiendo tiempo aire en una televisora, pero nada funcionó, todo me salía mal. Una noche, después de haber vendido mi televisor de 50” de la estancia y el de 40” de mi recamara y todos mis muebles excepto mi cama, me puse a meditar en lo que me estaba pasando. Por la mañana había ido a la Basílica de Guadalupe a pedirle ayuda a la Virgencita, mi madre espiritual, como lo hacemos los mexicanos cuando estamos en problemas. Al salir de la Basílica caminé hasta mi departamento y sin comer ni cenar me recosté mirando al techo. Entonces, y como respuesta de la Virgencita de Guadalupe, se me iluminó el cerebro y vino a mi mente atribulada el recuerdo del momento en el cual aquel mendigo me regaló una piedra. Ahora estaba seguro que no tuve una racha de mala suerte, ni la piedra era un amuleto de buena suerte, sino en realidad era una maldición que el desgraciado hijo de perra me trasmitió por alguna razón desconocida.
            Sin pensarlo más busque la piedra, y abriendo la ventana de mi cuarto la lancé con todas mis fuerzas a la calle desde el quinto piso. Pasado un tiempo durante el cual continuó mi mala suerte, caí en cuenta que había cometido una estupidez al deshacerme de la piedra, ahora no tenía nada para pasar la maldición a otro fulano, aunque no supiera las palabras para hacerlo, pero eso era mucho mejor que nada. Para consolarme me convencí que la creencia en las maldiciones era pura mentira, solo una leyenda urbana, y ya me llegarían mejores tiempos, todo lo que debía hacer era continuar esforzándome, sin embargo no fue así. Finalmente me vi obligado a vender mi departamento, y con el dinero de la venta compré un taxi ecológico para trabajarlo durante el día y me mudé a una casa de huéspedes rentando un cuarto sin baño. Por un par de años la fui sobrepasando, pero no pude evitar que mi economía siguiera en picada. No obstante cuando pensaba que ya no era posible me fuera peor sucedió lo inevitable, mí adorada novia Alejandra terminó conmigo, siendo comprensible porque me había convertido en un perdedor.
             El gasto de gasolina y las constantes reparaciones del taxi apenas me dejaban para comer y pagar el cuarto de huéspedes, obligándome a trabajar hasta catorce o dieciséis horas al día, pero me consolaba yo mismo diciéndome que al fin y al cabo era mi propio patrón y ya nadie podría despedirme. Eso era cierto, pero nunca imaginé que me esperaban cosas peores. Como debí aumentar las horas de trabajo en mi intento por salir adelante, me vi en la necesidad de trabajar incluso durante la noche.
            Serían como las diez de la noche cuando una mujer joven y muy guapa me hizo la parada pidiendo llevarla a la zona rosa, al llegar a la esquina de las calles Londres y Génova me detuve en donde iba apearse la pasajera, en ese momento por la ventanilla del auto la mujer comenzó a gritar pidiendo auxilio. Sin saber qué demonios pasaba me quedé pasmado, hasta que, quien sabe de dónde, aparecieron dos policías como por arte de magia y sin miramientos me arrestaron, la mujer me acusaba de haber querido violarla. Siguiendo a la patrulla con la mujer y un policía, y yo en mi taxi con el otro nos dirigimos supuestamente a la delegación Cuauhtémoc. Por el camino nos detuvimos en una calle solitaria y golpeándome con sus macanas los policías me metieron a la patrulla, comprendiendo al fin de qué se trataba toda la farsa. Con la amenaza de encarcelarme por intento de violación me sacaron todo el dinero que traía, y como les pareció una miseria se encabronaron y completaron la golpiza hasta dejarme inconsciente. Al volver en mí, el auto estaba desvalijado y sin llantas. Como no tenía ni quinto para repararlo no me quedó más que vender mi coche como chatarra, y aceptar trabajar como ruletero para un dueño de taxis que se compadeció de mí. Ahora una vez más era empleado y, además de pagar la gasolina y las reparaciones del taxi, debía cubrir una cuota diaria para el propietario del vehículo.
            Con todo lo sucedido me doblaba pero no me quebraba, hasta que comenzaron aparecer pasajeros en el asiento posterior del taxi. Como yo era el nuevo en el grupo de ruleteros que trabajábamos para el dueño de los taxis, me asignaron suplir por las noches a quienes tenían permiso o les tocaba descanso. Una noche lluviosa recorría las calles de la ciudad en busca de pasajeros, cuando de pronto comencé a sentir un frio gélido y mi respiración se convertía en vaho a pesar que la noche siendo muy húmeda tenía un clima agradable, en seguida percibí un olor fétido que me revolvió el estómago, y al buscar su procedencia me di cuenta, por el espejo retrovisor, que estaba una persona sentada en el asiento posterior. Sentí que los cabellos de la nuca se me erizaron, y di un enfrenon que estuvo a punto de estampar el auto en un poste. Al voltear no había nadie ni nada en la parte trasera del taxi, me bajé del vehículo y con la mirada busqué en todas direcciones sin ver nada anormal. Con las piernas temblando del susto, me dije que solo había sido una alucinación provocada por el constante estrés al cual estaba sometido, así que olvidé el asunto.
            Por desgracia el asunto no se olvidó de mí, cuando menos lo esperaba sentía la presencia de alguien o algo en el asiento trasero del taxi, y al intentar ver lo que era, solo alcanzaba a distinguir una sombra desvaneciéndose de inmediato. Nadie me creyó, todos pensaban que era una invención mía para cambiarme al turno matutino, y aunque esa no era mi intención, sirvió para que el propietario del auto me asignara suplir a los compañeros que descansaban durante el día. No obstante mejorar mis condiciones en el trabajo y aumentar mis ingresos al tener más usuarios durante las horas con luz, las manifestaciones extrañas que me perseguían persistieron. Como ya no trabajaba por la noche ahora se manifestaban en cualquier parte y hora del día, en ocasiones al llegar a mi cuarto encontraba mi catre reburujado o con la silueta marcada como si se hubiera recostado ahí una persona, o en el espejo que yo coloqué detrás de la puerta aparecían unos dibujos con algún significado incomprensible para mí. Lo que me pareció más atemorizante fue cuando un día al estarme peinando para salir a trabajar, en la palma de mi mano izquierda aparecieron tres gotas en fila de un líquido parecido a lágrimas humanas, al limpiarlas volvían aparecer después de unos minutos repitiéndose el fenómeno tres veces consecutivas.
             Ya me había dado cuenta que la maldición o lo que fuera, durante años me estaba afectando en lo económico para llevarme a la ruina y convertirme en indigente, pero casi sin darme cuenta se fue transformado en algo más aterrador, en extraños sucesos que estaban a punto de volverme loco. Por fin un día me pareció ver una luz al fondo de la negrura, y tal vez fue la respuesta a mis suplicas de la Virgencita de Guadalupe. Al dejar a unos clientes en el restorán La tablita de San Ángel, reconocí, a pesar de ir muy bien vestido sin la melena y con la barba recortada, al hijo de puta pordiosero que me entregó la piedra maldita, bajándose de un flamante bmw negro y abrazando a una hermosa mujer rubia. Mi primer impulso fue bajarme del taxi y matarlo con mis propias manos, pero me contuve pensando que con eso no rompería el maleficio, si en verdad existía. Así recobré la calma y esperé en el coche con la vista fija en la entrada al restorán. Mientras esperaba comencé a elucubrar lo que haría, y a pesar no tener todo definido, cuando salió el desgraciado con su acompañante me concreté a seguirlos de cerca. Al llegar a un edificio de lujosos departamentos en la colonia condesa, entró el bmw en el estacionamiento subterráneo. En ese instante supuse que ahí era donde vivía y me dije que ya tenía al maldito.
            Solicité permiso por unos días al dueño del taxi, y a un amigo le pedí prestado su destartalado vochito, así pude seguir al desgraciado de nombre Enrique Ortega e investigar quién era en realidad. Después de haberse declarado en bancarrota inexplicablemente,  desapareció unos años sin que nadie supiera nada de él, hasta que volvió a operar como corredor bursátil con mucho éxito. Ahora era nuevamente un soltero adinerado y mujeriego, a quien las jóvenes del Jet Set mexicano andaban detrás de él. Sin tener ninguna duda de su identidad y teniendo definido un plan, en un tianguis compré una pistola escuadra de plástico que parecía de verdad y estuve listo para enfrentarlo.
            Anochecía cuando un auto entró al garaje del lujoso edificio y, antes de cerrarse las puertas automáticas, me deslice al interior del estacionamiento sin que nadie me viera. Escondido en el cuarto de la bomba del agua y la cisterna esperé a mi odiado enemigo. Sin otra cosa por hacer, intenté comprender lo sucedido. La respuesta más lógica me pareció que, cualquiera haya sido el motivo, el tal Enrique también fue víctima del mismo hechizo que me atormentaba, pero él había sido mucho más inteligente que el imbécil de mí, y conservó la piedra para trasmitir la maldición por ser el reservorio que algún brujo o hechicero utilizó para su conjuro. A pesar que posiblemente él también era una víctima, el desgraciado me escogió a mí quien no tenía ninguna vela en el entierro y esa era la razón por la cual debía explicarme el porqué, pagarme por todo lo que yo había perdido y sufrido durante tanto tiempo, e indicarme cómo nulificar la maldición que ahora pesaba sobre mí, y sin tener posesión de la piedra.
            Serían alrededor de las tres de la madrugada, en el momento que oí abrirse y cerrarse las puertas automáticas del estacionamiento, e identifiqué el bmw negro del infeliz Enrique acompañado de otra bella joven. Antes de cerrarse las puertas del elevador, me introduje sorprendiéndolos al amagarlos con la pistola de plástico, y previendo que gritara la mujer la encañoné, mientras le advertía que si lo hacía le dispararía en la cabeza sin ninguna contemplación. En seguida le ordené al maldito Enrique llevarnos en silencio y sin engaños hasta su penhause. Intrigado y tal vez pensando que se trataba de un asalto obedeció sin reconocerme, en tanto la mujer aterrada apenas podía contener el temblor en todo su cuerpo. Al entrar al penhause, golpeé con fuerza la nuca de Enrique con la pistola, que a pesar ser de plástico estaba bastante dura, cayendo al piso inconsciente. En seguida conduje a la joven a la recamara, y tomando algunas corbatas del closet le amarré las manos y pies, poniéndole un pañuelo en la boca. Con toda la calma del mundo hice lo mismo con el desgraciado sin taparle la boca, y vaciándole un jarrón con agua fría en la cabeza esperé a que volviera en sí. Al terminar de enfocar su mirada, le di un puñetazo en el rostro dejándolo aturdido, y comencé a interrogarlo mientras sangraba por la boca. Cuando tenía la cara molida a golpes pareció reconocerme y se quebró, comenzando a responder todas mis preguntas. Así supe la historia en la cual, sin tener yo nada que ver, terminó conmigo.
            Todo se inició con una mujer, joven, bella, exitosa, de la alta sociedad quien se enamoró de Enrique obligándola a terminar con el prometido, quien estaba profundamente enamorado y era un hombre de armas tomar. Al ser rechazado por su prometida por culpa de Enrique, quiso creer que la causa había sido el dinero ostentado por éste y su consecuente popularidad en la alta sociedad de la capital mexicana. Así que para recuperar a la bella joven, decidió vengarse eliminando la riqueza de su rival regalándole la piedra del maleficio obtenida quién sabe dónde. Para su mala fortuna no resultó su intento para recuperar a la joven y fue rechazado, entonces al borde de la locura por los celos y la frustración le quitó la vida con un puñal y a continuación se degolló con la misma arma.
            Enrique perdió todo lo que tenía y terminó como indigente; sin embargo, al igual que yo, se dio cuenta del hechizo implantado sobre él, y lo único en ocurrírsele fue acudir con un brujo que conoció siendo limosnero, quien le aclaró que la maldición a través del amuleto no se podía deshacer, no obstante sí se podía trasmitir a otro sujeto obsequiándole la piedra y mencionando las palabras: Ueliti mictlan telchiua. Una vez que me dijo el nombre del hechicero y en dónde podría encontrarlo, le hice la pregunta que más me intrigaba: — ¿Por qué me escogiste a mí para pasarme la maldición? A pesar de su maltrecha cara pudo esbozar una sonrisa al responderme: — ¡Porque me pareciste el más feliz! Sintiendo hervirme la sangre lo seguí golpeando hasta que se volvió a desvanecer. Sin más me lavé las manos ensangrentadas, y salí como si nada del lujoso edificio bajo la mirada del sorprendido conserje.
             No fue fácil dar con el hechicero, pero el consultarlo resultó decepcionante para mí y por primera vez en mi vida pensé en el suicidio, el chamán solo confirmó lo que ya sabía. La maldición fue un conjuro de un brujo supremo y no podía deshacerse, y mucho menos sin el amuleto trasmisor para poderlo traspasar a otro individuo. La única esperanza que tal vez funcionaría, aunque el hechicero nunca había escuchado que se lograra, era conseguir una piedra semejante y con toda la fe del mundo pedir a una santidad que la bendijera para contrarrestar con buena suerte el maleficio.
            Por días anduve en caminos de terracería, en pedregales y lotes baldíos, hasta que por fin encontré una roca metamórfica muy parecida en tamaño, color y forma a lo que recordaba de la piedra maléfica. A continuación fui a la Basílica de Guadalupe y subí hasta el templo del cerro del Tepeyac, donde se supone que la Virgen Morena se la apareció a Juan Diego, y después de suplicarle con fervor bendecir mi piedra, la escondí al pie de la imagen Guadalupana durante tres días.
            El tiempo transcurre inexorable, y solo me resta esperar a que la buena suerte venza al mal, o aceptar morir en la calle como pordiosero.
Fin
 *

lunes, 13 de noviembre de 2017

Nina


Nina

José Pedro Sergio Valdés Barón
**
La vi por primera vez cuando tenía escasos tres meses de nacida, era una cosita con la cara abotagada de tanto dormir. El conocer a mi nieto Hansie de unos dos años de edad, a mi nueva nuera, dar la bienvenida a mi hijo y acomodar el equipaje en la camioneta me distrajo, y solo hasta que llegamos a la casa pudimos relajarnos y mi esposa tomar en brazos a la pequeña Nina, mientras yo intentaba inútilmente de congraciarme con Hansie.
            El tiempo voló poniéndonos al día y comentando las razones que obligaron a mi hijo George a mudarse con su familia, y los planes que tenían para encontrar trabajo radicando en Valle Agujerado, con nosotros por el momento. Ya tarde, un poco apretados nos acomodamos como trataríamos de vivir por algún tiempo, y antes de dejarlos descansar del viaje solo pude vislumbrar los ojos de la bebé por breves instantes, en tanto la amamantaba mi nuera Johana, sin poder comprobar si eran azules como los míos, lo cual aseguraban mí esposa, mi nuera y mi hijo. En verdad al principio temí que yo fuera daltónico porque a mí me parecían oscuros, aunque días después me fui dando cuenta que en realidad era de un color verde aceituna que se aclaraba cuando le daba la luz de frente. No sé con seguridad si al no poder congeniar con Hansie porque se la pasaba llorando en brazos de su padre, sin duda debido a que al niño le fue más difícil soportar el viaje y adaptarse a los cambios, me resultó más fácil identificarme con la bebita.
            Por fortuna, primero Johana no tardó en encontrar trabajo, y un poco más tarde George. Circunstancia que nos permitió a mi esposa y a mi quedarnos solos más tiempo al cuidado de los niños y que nuestro cariño por ellos creciera rápidamente. Hansie se identificó más con su abuela y Nina se tuvo que conformar conmigo, lo cual me permitía trabajar mientras mi esposa le daba su mamila a la niña, la bañaba y la dormía la mayor parte del día, hasta que regresaba su madre y la compensaba gratamente con la chiche. El tiempo transcurrió inexorable mientras la bebita comenzó a tomar forma, y casi sin darnos cuenta nació una comunicación espiritual entre ella y yo. Le hablaba y ella parecía ponerme atención, me buscaba con sus hermosos ojos verde aceituna y reía con mis gracias, solo se acordaba de su abuela cuando tenía hambre o sueño, y al llegar su madre casi también se olvidaba de mí, al menos en tanto se colgaba del pecho de Johana. Hansie fue otra cosa, estando solo con nosotros era otro niño, dejaba de ser llorón, obedecía e ingería algo de comida en lugar de la teta con la que lo alimentaban sus padres durante el resto del día y por la noche. Días después llegó Jayme, una niña de ocho años hija de Johana de un matrimonio anterior, alegrando a mi nuera sin importar que nos apretara un poco más y alterara un tanto la rutina que habíamos adoptado al tener que llevarla a la escuela primaria, pero por fin ya estaba completa la familia. Simultáneamente, mi amor por la niña crecía compensándome por la falta de mi adorada nieta Ferchi, que al divorciarse sus padres se fue a vivir con su madre partiéndome el corazón. Nina crecía cada vez más hermosa, al igual que se incrementaba la fusión de nuestras almas; toda la familia aseguraba que se parecía a mí físicamente, pero yo sabía que en realidad eran nuestros espíritus los semejantes. Cuando me sumergía en sus ojos me iluminaban el alma y cuando ella lo hacía en los míos era evidente que se alegraba, así todo el tiempo la buscaba y ella me extrañaba cuando no estaba conmigo, confirmando la creencia de que existe una comunión entre los ancianos y niños, al cerrarse el círculo de la vida en el punto donde unos la inician y otros se acercan al final. Los ratos que ayudaba a mi esposa entreteniendo a la bebé se fueron convirtiendo en una razón más de mi vida, recostado la sentaba sobre mi pecho recargada en mis piernas encogidas y ella me alegraba con su sonrisa cuando le hablaba o con sus carcajadas cuando le hacía cosquillas o payasadas. A veces estoy seguro que me escuchaba y entendía, y como angelito en algunas ocasiones parecía hablar con el cristo fijado en el muro sobre la cabecera de la cama. No sé por qué conmigo no se podía dormir y solo lo hacía en los brazos de su abuela o en los de Johana cuando regresaba del trabajo, y así los días se sucedían en medio de una precaria felicidad, que oscilaba entre momentos de alegría o de tensión. 
            Ahora comprendía la importancia que le daba la NASA al confinamiento de las tripulaciones en las estaciones espaciales, vivir en un espacio reducido por un largo periodo es casi imposible que no surjan fricciones, y fue inevitable que se presentaran en nuestro hogar. Las ideas y costumbres de la pareja joven no eran las mismas a la de los abuelos viejitos, y nosotros cometimos el error de querer enseñarles cómo educar a sus hijos, basados en como lo hicimos en su momento con los nuestros, en lugar de solo darles consejos con razonamientos para que ellos decidieran aceptarlos o no de acuerdo a su criterio.
            En ese punto volví hacer consciente que a la mayoría de los jóvenes no les interesa escuchar lo que tienen que decir los viejos, especialmente si son familia, piensan que sus ideas son anticuadas y obsoletas. Con frecuencia los jóvenes adoptan actitudes narcisistas que rayan en lo patológico y creen que lo saben todo y nadie les puede enseñar nada, y como se sienten demasiado inteligentes cierran sus mentes y no aceptan consejos ni nuevas ideas, particularmente de los ancianos, sin importarles que puedan ser correctas, o al menos desecharlas cuando después de considerarlas parezcan equivocadas. A veces me pregunto si los cavernícolas que inventaron el fuego o la rueda no hubieran influido en quienes les dieron un uso visionario ¿seguiríamos viviendo en la edad de piedra? o si los genios como Nikola Tesla o Albert Einstein, o los filósofos como Sócrates y Aristóteles, Buda y Confucio no hubiesen sido escuchados ¿Dónde estaría la humanidad? ¿Estaríamos mirando hacia las estrellas? ¡Seguro que no! Las vivencias, experiencias y conocimientos de nuestros antecesores deben ser invaluables y debemos tomarlas en cuenta para crear nuestra propia filosofía de la vida y nuestras propias creencias, y así evolucionar como seres humanos.
            En ese entorno Nina se convirtió en un remanso en mi existencia, hasta que un triste día el mundo se me vino encima. Johana y George, con mis tesoros Hansie y Nina, retomaron su camino para continuar sus propios caminos. Es extraño, pero en mi vida lo mismo se ha repetido una y otra vez, en algún momento se rompen los lazos que me unen a mi descendencia debido a las distancias y el tiempo. Además de Ferchi sucedió con mi adorada hija Julieth cuando creció y se alejó siguiendo su destino, se repitió con mi hija Mariana cuando se llevó a mis nietos Aliena y Ponchis lejos de la capital, y más tarde Dahana y Diegis se quedaron a vivir en la CDMX cuando nosotros decidimos huir de allí; de alguna manera pasó lo mismo con Danis que creció en otro entorno muy diferente, donde nosotros éramos ajenos a él, y el colmo aconteció con chequito, David y Jesús que ni siquiera sabíamos dónde estaban.
            Para mi buena suerte Johana y George no se fueron muy lejos y unos días después volví a ver a mi princesa y a Hansie. Para todo el mundo fue evidente su alegría al verme y tambaleándose corría hacia mí extendiendo sus bracitos. Ahora no podía estar con mi nieta todos los días, pero dos o tres veces a la semana me trasladaba a su nuevo hogar para disfrutar de su compañía hasta el anochecer. Solo observarla me alegraba la vida, así la vi comenzando a gatear, a los nueve meses dar sus primeros pasos, y para el colmo se soltó bailando Despacito la tonada de moda, se colgaba del mueble donde estaba el televisor trasmitiendo el video musical y movía con ritmo su piernita, moviendo a veces sus hombros haciéndonos morir de risa. Nina era una bebita excepcional, a cada momento me asombraba con su inteligencia y como esponja absorbía todo lo que le enseñaba, así aprendió a manipularme para complacerla en todo lo que me pedía, le enseñé a bajarse de los sillones y a subir escaleras, lo que provocó un suceso increíble: Nina, a los diez meses de edad, escapó de su casa.
            Johana escuchó ruido en la puerta del departamento, pero fue el silencio el que la hizo salir de la recamara para ver qué estaban haciendo los niños. Al ver la puerta del departamento entreabierta se alarmó, y al salir se topó con Hansie que jugaba en el pasillo que iba a la alberca y a los otros edificios del conjunto residencial. Corrió hacia la alberca donde afortunadamente la bebé no estaba ahí, y en seguida se dirigió a las oficinas en las que trabajaba mi hijo y al parecer Hansie le había señalado que allí estaba la escuintla. Tampoco encontró a Nina con su padre y entonces cundió el pánico como reguero de pólvora. Se llamó a la policía y varios vecinos se unieron a la búsqueda de la pequeña. Casi veinte minutos después, Johana, a punto del colapso, y una vecina escucharon el llanto de la niña. La madre corrió al edificio de enfrente y la vecina se dirigió a los pisos superiores del departamento de la pequeña extraviada. Al regresar sobre sus pasos, Johana se topó con la vecina que bajaba con Nina en sus brazos. No puedo ni imaginarme la alegría de mi nuera al abrazar a su hija y la relajación que desahogó su alma al recuperar a la pequeña traviesa, pero estoy seguro que nunca olvidará el feliz momento. La escuintla vio la puerta que alguien dejó abierta y se le hizo fácil salir a explorar el mundo exterior, por fortuna decidió subir las escaleras hasta el departamento del tercer piso, en lugar de agarrar camino hacia la alberca donde pudo pasar una desgracia. Nina se convirtió en la bebé más popular del conjunto residencial y nadie salía del asombro por lo que había hecho a los diez meses de edad.
            El observar a mi tesoro me hizo recapacitar, que así como me había alegrado presenciar su bautismo, me pregunté si me alcanzaría la vida para verla asistir a su primer día de escuela, celebrar su primera comunión, festejar sus quince años, graduarse con honores, convertirse en una hermosa mujer y casarse con un buen hombre. Sin embargo, al contemplar sus hermosos ojos verde aceituna, su enorme sonrisa y escuchar sus carcajadas, o cuando me hacía sus caras y veía sus travesuras me di por satisfecho, y mientras tanto me conformé con imaginarme el resto de su feliz vida, lo que al menos endulzaría mi mente antes de abandonar este mundo.  

Fin

  

lunes, 19 de diciembre de 2016

Amigas


AMIGAS
José Pedro Sergio Valdés Barón
*
Era buena hora, se había levantado un poco más temprano para recoger a ¿Miranda? Bueno, casi estaba segura que ese era su nombre; pero no importaba, pronto la conocería. Ayudar a las personas le hacía sentirse bien. Desde pequeña Andrea había sido una niña hermosa por fuera y por dentro; era buena hija, y aunque a veces su fuerte carácter le hacía rebelarse, siempre terminaba por obedecer a sus padres. En la escuela destacó como buena estudiante, estimada por amigas y amigos a quienes lideraba para organizar fiestas, reuniones, paseos o días de campo. Además, también se desvivía por ayudar a los animales heridos, perdidos o sin dueño, y si por ella hubiera sido a todos habría adoptado, pero sus padres se negaban a convertir su hogar en un asilo de mascotas. No obstante, al final, sucumbieron ante la insistencia de su hija y debieron aceptar un perrito medio ciego y un gato sin cola. Al perrito lo llamaron nube por la mancha blanca que le cubría parte de un ojo, y al gato sinco con “S” para abreviar sin cola.
            Andrea creció siendo independiente y emprendedora, con frecuencia andaba vendiendo alguna cosa para ahorrar y poderse comprar lo que deseara o necesitara sin afligir a sus padres, o cuando mucho les pedía completaran lo que le faltaba; lo cual aprovechaban sus progenitores para imponerle retos si deseaba su ayuda, y casi siempre los lograba haciéndolos sentirse orgullosos de su hija y ella quedara satisfecha consigo misma. Al entrar a la universidad era una joven muy ocupada, además de sus estudios de veterinaria, aprendía inglés, hacía deporte en el gym y jugaba en un equipo de tochito mixto. Aunque tenía muchas amigas y amigos, no tenía novio porque pensaba que era pérdida de tiempo valioso, ya tendría espacio para el romance cuando alcanzara sus principales metas en la vida.
            Para nadie fue sorpresa cuando un día leyendo la pizarra de anuncios en la facultad, repentinamente le llamara la atención a Andrea una solicitud de ayuda. Se trataba de una joven estudiante en la facultad de medicina, quien requería la transportaran de su casa a la facultad y si era posible regresarla a su casa. Como al parecer le quedaba por el camino a Andrea, no tuvo inconveniente en contactar a la solicitante y ponerse de acuerdo para pasar por ella al día siguiente. Sus padres sólo movieron la cabeza cuando Andrea les informó del compromiso que se había echado a cuestas, pero sabiendo que así era su hija y no la harían cambiar de opinión aceptaron su decisión.
            Al fin dio con el domicilio, y estacionando su carrito caminó hasta la puerta de una casa de clase media y tocó el timbre. El rostro bondadoso de una mujer mayor apareció al abrirse la puerta, y sonrió al preguntar si era la persona que llevaría a su hija a la universidad. Al responder afirmativamente, Andrea fue invitada a pasar al interior de la casa que se apreciaba acogedora y, al entrar a la sala, se llevó una mayúscula sorpresa al ver una joven con cara angelical desplazándose con la ayuda de una andadera ortopédica. Nadie le había aclarado que se trataba de una persona discapacitada y a ella no se le ocurrió preguntar. Por un momento dudó y por su mente cruzó la idea de disculparse por no poder cumplir el compromiso, pero ya era demasiado tarde y no le pareció correcto; así que disimulando su confusión mostró su mejor sonrisa. Una vez que se presentaron las jóvenes, Andrea ayudó a Miranda a llegar hasta su coche, asegurándole a la madre que haría lo posible para sincronizar sus horarios y regresarla a casa. Por el camino Miranda le explicó que su novio era quien la llevaba y traía en su auto, pero había terminado con él y por eso solicitó ayuda, la cual le agradecía. Andrea quiso saber por qué había terminado con el novio, explicándole la joven haber descubierto que la engañaba con una compañera. Aún sin mostrar Miranda alguna señal de amargura, Andrea decidió no profundizar más en el tema, mientras recapacitaba que ahora parecía adquirir mayor importancia ayudar a la joven discapacitada.  
            Durante el trayecto a la universidad ambas congeniaron de inmediato, una admiraba la valentía de la otra, y ésta estaba sorprendida que una mujer tan joven no sólo pensara en ella misma, en hombres y diversión, sino que se interesara en ayudar a los demás. Cuando llegaron a la facultad de medicina, no muy alejada a la de veterinaria, ya habían coordinado sus horarios, y exceptuando los martes, jueves y sábados que Andrea iba a clases de inglés y no podría regresarla a casa, el resto de los días ella la llevaría y traería sin ningún problema. Miranda le aseguró que los días en los cuales no pudiera Andrea, ella encontraría algún compañero que la llevara, y si nadie podía tomaría un taxi para regresar a su hogar.
            Con el paso de los días su amistad creció; además de bellas e inteligentes, las dos tenían muchas cosas en común, les encantaba la misma música, se peleaban por los galanes de moda, eran fanáticas de la poesía, se reían de sus locuras y tenían metas similares. Por desgracia con frecuencia la salud de Miranda se debilitaba y debía permanecer en casa; eso no impidió que Andrea la visitara siempre que podía, y una de esas veces Miranda le explicó, que hacía varios años había sufrido un accidente cerebrovascular dejándola parapléjica, y desde entonces sólo podía caminar con la ayuda de la andadera. Sin embargo, el mayor problema era la diabetes que padecía y las complicaciones por su condición, como hipertensión, estreñimiento y la pérdida de masa muscular en sus piernas que le dificultaba cada vez más caminar. No obstante le daba gracias a Dios por cada minuto que le regalaba de vida. Andrea la admiraba más cada día que convivía con ella y llegó el momento en el cual la consideró su mejor amiga.
            Una lluviosa tarde sonó el celular de Andrea, era Miranda quien le preguntaba si podría pasar por ella, porque nadie pudo llevarla a su casa y no encontraba ningún taxi. Preocupada porque siendo tan tarde Miranda siguiera en la calle y probablemente sin comer, Andrea se salió de la clase de inglés y se apresuró para ir por su amiga. La encontró en la caseta de vigilancia en la entrada a la facultad, toda empapada por buscar un taxi bajo la lluvia, y cuando el guardia logró persuadirla para cobijarse en el interior de la caseta ya no había remedio, escurría agua hasta por la andadera. Desde ese día, Andrea decidió abandonar las clases de inglés para llevar a Miranda a la facultad y regresarla a su casa  todos los días, el inglés podría esperar o ya encontraría otra manera de aprenderlo.
            Así transcurrieron las semanas y los meses, hasta que llegaron las fiestas finales del año. Los padres de Andrea acostumbraban festejar la Navidad en casa de los abuelos que radicaban en una ciudad cercana, donde se juntaba tradicionalmente toda la familia y ése año no sería la excepción. Resignadas, Miranda y Andrea se despidieron con la promesa de hablarse la noche del veinticuatro para desearse una feliz Navidad, y el dos de enero que regresaría Andrea, juntas festejarían el año nuevo.     
            Antes de la cena de Nochebuena, Andrea se comunicó con Miranda y por teléfono se desearon una feliz Navidad y un maravilloso año nuevo, prometiendo volverse a comunicar la noche de fin del año. Durante toda la semana Andrea disfrutó a sus abuelos y a toda la familia, pero algo le inquietaba en su pecho, lo cual se explicó diciéndose que se debía por extrañar a su amiga. Emocionada, Andrea esperó hasta cerca de la media noche del último día del año para hablarle a Miranda, pero se le estrujó el corazón, cuando la madre de su amiga le informó que Miranda había fallecido la mañana del veinticinco de diciembre; su salud se había deteriorado muy rápido y su corazón simplemente se detuvo. Sin poder contener el llanto Andrea soltó el teléfono y corrió al cuarto donde dormía en casa de sus abuelos.
            La mañana del día primero, Andrea viajaba en el auto familiar con sus padres, quienes habían consentido regresar a su casa cuanto antes. Mientras miraba por la ventanilla el paisaje semidesértico, con las montañas lejanas deslizándose hacia atrás, Andrea meditaba sobre la vida truncada de su amiga Miranda. Sin duda, y a pesar de su drama, había sido feliz; su alma fue tan grande que compensó por mucho la fragilidad de su cuerpo, permitiendo que su mente soñara, tuviera ilusiones y disfrutara cada instante de su vida sin que lo impidieran sus limitaciones. Andrea se consolaba pensando que su querida amiga por fin había descansado y encontrado la paz. Fue entonces cuando Andrea se propuso cumplir con la principal meta de Miranda, y decidió cambiar de carrera para convertirse en neurocirujana y ayudar a las personas que sufrían paraplejía, honrando así a su inolvidable amiga cumpliendo su sueño.
            Abrazadas, Andrea y la madre de Miranda lloraron hasta que se secaron sus ojos, y entonces tomando un sobre del pequeño árbol de Navidad, la madre se lo entregó a Andrea explicándole que era el regalo dejado por su hija para ella. Con las manos temblorosas, Andrea sacó una tarjeta navideña del sobre y con la mirada borrosa por las lágrimas la leyó:
Andrea
Feliz Navidad y próspero año nuevo

Gracias por tu amistad

sábado, 3 de diciembre de 2016

Hormigas 2


HORMIGAS 2
(El regreso)
Si no has leído Hormigas 1 hazlo primero, está aquí mismo abajo de Hormigas 2

José Pedro Sergio Valdés Barón

Por fin ya estaba cerca la terminal de autobuses, se dio cuenta al reconocer las poblaciones que cruzaba la carretera y era cuestión de minutos para que estuviera en su casa. Había estado fuera por casi dos meses y esperaba que todo estuviera bien, aunque sabía que iba a encontrar polvo hasta dentro del refrigerador, su marido no era devoto del trabajo en el hogar y estaba acostumbrado a que toda la limpieza ella la hiciera.
La primera sorpresa fue que su esposo no la esperara para llevarla a su hogar como siempre lo hacía. Después de un rato se cansó de aguardarlo y tomó un taxi, pero al llegar a su hogar fue sorprendida una vez más, la camioneta estaba sucia con una llanta desinflada y la cochera llena de tierra como si en semanas no se hubiera barrido. Al entrar a la casa se topó con su marido, quien la recibió fríamente disculpándose por no haber ido por ella debido a la llanta ponchada del vehículo. Iba preparada para encontrar la casa un tanto sucia, pero nunca imaginó que su esposo pareciera no haberse bañado desde que ella se fue. Espantada le preguntó: « ¿Qué te pasó, qué tienes?» Él le explicó que había estado enfermo y no se sentía bien. En seguida ella quiso saber si había ido al médico, a lo cual él respondió que no. Mientras deshacía maletas trató convencerlo para ir con el doctor, pero él se negó rotundamente asegurándole que estaría bien, sólo era cuestión de descansar y comer bien, lo cual haría ahora que ella ya estaba en casa.
Por alguna razón las cosas no se normalizaron, aunque ella pareció no darse cuenta, concentrándose en el mucho quehacer para recuperar el aspecto que la casa tenía antes de su viaje. Sin embargo, le molestó bastante que su esposo decidiera dormir en el sofá cama de la habitación que utilizaba como oficina, con el pretexto de no querer incomodarla con los ruidos y olores producidos por su enfermedad. Esto motivó una fuerte discusión que duró varios días, ella insistía que acudiera al médico y él se opuso hasta llegar a los gritos con furia deprimida. Ella nunca lo había visto ponerse tan enojado, así que dejó de insistir y guardó silencio. No transcurrió mucho tiempo para que ella se alarmara, al darse cuenta que los ojos de él no tenían brillo, parecían estar muertos, y cuando trataba de verlos él rehuía la mirada, para después evadir el contacto personal encerrándose en la habitación donde dormía. Sólo aparecía para devorar toda la comida que ella le preparaba y de manera inexplicable no parecía engordarlo.
Llegó el momento en el cual ella ya no pudo ignorar que algo muy malo estaba pasando, y un día durante la comida se atrevió preguntarle qué estaba sucediendo, él no parecía ser el mismo de antes. Dejando la comida que ahora acostumbraba llevársela a la boca con las manos, lanzó por los aires todo lo que había en la mesa y estuvo a punto de golpear a su esposa, sólo una chispa de cordura lo disuadió.
Con su hija habló varias veces por teléfono, pero no le dijo nada para no preocuparla durante sus vacaciones que estaba disfrutando fuera del país. En su lugar habló con algunas amigas de su grupo de manualidades, a quienes les confesó la angustia que vivía en su casa con su marido. Después de discutirlo por un largo tiempo, llegaron a la conclusión que lo más probable era que él tuviera un romance, y estaba enojado con ella porque con su regreso se vio obligado a terminarlo o al menos reprimirlo. Al final todas concordaron que lo más sensato era guardar la calma y esperar a ver qué sucedía. Mientras tanto debía tener paciencia y continuar su vida como siempre lo hacía, dándole su espació al marido al menos hasta que se descubriera la verdad.
Por desgracia las cosas empeoraron y se hicieron cada vez más extrañas e inquietantes. Prácticamente él no le dirigía la palabra más que para pedirle comida constantemente, y el resto del tiempo permanecía encerrado en su cuarto, Ella comenzó a sentir miedo, cuando un día se dio cuenta que la puerta de la habitación donde dormía el marido estaba entreabierta y por curiosidad se atrevió asomarse. De pronto se quedó pasmada al contemplar el cuarto infestado con millones de hormigas, moviéndose como una oleada negra viviente que cubría muros y muebles, y bullendo sobre el cuerpo inerte de quien supuso era su marido. Ahogó el grito de terror que quiso salir de su garganta, y lo único que se le ocurrió fue salir corriendo fuera de la casa. Sin saber qué hacer, se dirigió al templo cercano, y por horas permaneció sentada frente al altar en un intento por explicarse lo que parecía no tener explicación. « ¿Qué demonios hacían tantas hormigas en el cuarto?» Se preguntó, y lo más importante: « ¿Se estaban comiendo a su marido?». No lo sabía, ella había huido como cobarde sin intentar prestarle ayuda « ¡Dios mío! —Se dijo—, ¿Qué está pasando?».
Al salir del templo se encaminó a la casa de su mejor amiga, y cuando ésta abrió la puerta la abrazó y se soltó llorando en su hombro. Una vez desahogada le platicó lo sucedido, aunque ella misma dudaba fuera cierto. Ante el alboroto, el esposo de la amiga trató de calmar a las dos mujeres, y al hacerlo les propuso acompañarlas hasta la mentada casa, donde podría estar muerto el marido, según la mujer, y lo increíble devorado por hormigas.
Todo parecía normal, excepto por la camioneta sucia y ahora con dos llantas ponchadas. Con cautela el hombre entró a la sala, sólo para ser sorprendido por una sombra en la oscuridad que le peguntó: « ¿Quién demonios eres?». « ¡Calma! Sólo somos unos vecinos que acompañamos a su esposa, porque pensó que usted había sufrido un accidente ¿Está bien?». En ese momento ella encendió la luz, y sólo vio a su esposo un poco demacrado, pero sin duda en buenas condiciones. « ¡Gracias, Dios mío, que estas bien! Creí te estaban comiendo las hormigas ¿Dónde están todos esos bichos?». « ¿De qué hablas mujer, cuáles bichos?» Respondió su esposo, y mirando a los vecinos les aclaró: « Regresó de su viaje un poco alterada por el estrés y cansancio, no se preocupen pronto estará bien, y gracias por acompañarla hasta aquí». Sin mucha cortesía los encaminó a la puerta, y dándoles las gracias una vez más, despidió a los vecinos.
De camino a su casa la mujer le comentó al marido: « ¡Algo malo está pasando ahí! Se me enchinó la piel de miedo; olía raro el lugar y ¿Viste cómo caminaba el hombre? parecía robot moviéndose muy lento». Con una mirada burlona le repuso a su esposa: « ¡No inventes vieja! ¿ya vas a comenzar con tus chismes? Callaron el resto del camino, pero cada quién se sumergió en turbadores pensamientos.
Al quedarse solos, ella buscó en todas las habitaciones sin encontrar una sola hormiga. Desconcertada y alarmada, preguntó una vez más al marido: « ¿Qué está pasando aquí?». Él la miró con sus ojos sin vida, y con una hueca voz le respondió amenazante: « ¡No debiste meterte donde no debías! ¡Ahora lárgate de mi cuarto!». Envuelta en llanto salió corriendo a su recamara y se encerró poniendo el seguro de la puerta, e inconscientemente encendió el televisor para tratar de calmarse y pensar con claridad, pero en su mente sólo había confusión, terror, y la duda que crecía de haber perdido la cordura dándole vueltas en la cabeza, hasta que poco a poco la fue venciendo un sueño intranquilo y se quedó dormida.
El fuerte zumbido la despertó, y un olor nauseabundo le inundó la nariz; no sabía qué hora era, pero a juzgar por el ruido de le tele y la imagen de puntos blancos y negros en la pantalla era bastante tarde. En seguida se le erizaron los pelos de la nuca al escuchar que algo grande se arrastraba acercándose con lentitud a la recamara, y de su garganta salió un grito aterrador cuando un fuerte golpe casi derribó la puerta. Desesperada volteó a todos lados en busca de cualquier cosa con la que pudiera defenderse, pero no había nada. La puerta comenzó a resquebrajarse con los golpes cada vez más intensos, y por entre las rajaduras comenzaron a fluir amenazadoras hormigas negras azabache. En ese momento los  ojos de ella se posaron en el closet, y en la semioscuridad distinguió una botella de alcohol y unos cerillos que utilizaba para prender las veladoras de la Virgen. Simultáneamente ella se lanzó hacia el closet y la puerta voló en pedazos. Con la botella de alcohol y los cerillos en las manos ella volteó y se quedó petrificada, en el marco de la puerta destrozada estaba una hormiga gigantesca, sus antenas se movían hacia ella y sus enormes quijadas producían crujidos espeluznantes al abrirse y cerrarse. La monstruosa hormiga con lentitud se fue acercando, y entonces ella reconoció los ojos de quien fue su marido, lo cual la sacó de su marasmo y permitió que sacara fuerzas de la flaqueza. Destapando la botella de alcohol la vació sobre la enorme hormiga, que comenzó a chirriar el espantoso zumbido, mientras intentaba agarrar con sus quijadas el cuerpo de ella para partirla a la mitad. Dos o tres veces logró esquivar las tenazas, y al fin pudo encender un cerillo que le lanzo al ente salido del infierno. Las flamas se esparcieron por el cuerpo de la aberración como si fueran impulsadas por un dios, y ante la mirada impávida de ella se fue consumiendo en medio de dolorosas contorciones y el zumbido agonizante que fue disminuyendo, hasta que finalmente quedó en silencio.
La luz del sol del nuevo día la sorprendió sentada en la cama, permitiéndole contemplar un gran montón de hormigas calcinadas, que con la leve brisa entrando por la ventana se disipó como humo negro que se perdió en la nada.     

Fin